Antes de construir cualquier subsistema, necesito que entiendas bien qué es una competencia. No es lo mismo que habilidad. No es lo mismo que experiencia. Una competencia es la suma de seis elementos que en mi metodología nombramos con el acrónimo CHAAVE: Conocimientos, Habilidades, Aptitudes, Actitudes, Valores y Experiencias.
Estos seis elementos se agrupan en tres dominios humanos: el saber (conocimiento y experiencia), el poder (habilidades y aptitudes) y el querer (actitudes y valores). De los tres, el más crítico y el más difícil de desarrollar es el querer. Como se dice en el área: “Si no sabes, te enseño; si no puedes, te ayudo; pero si no quieres, no es algo que podamos transformar.”
Existen tres tipos de competencias en las organizaciones:
Las competencias institucionales nacen de los valores de la empresa y son transversales a toda la organización. No tienen niveles de dominio: o se tienen o no se tienen. La ética no puede estar “a medias”.
Las competencias transversales se dividen en gerenciales —para quienes comandan equipos— y conductuales —para todos los colaboradores—. Son los atributos de personalidad que permiten alcanzar eficientemente los objetivos sin desgaste innecesario.
Las competencias funcionales son las técnicas: las que describen el qué hacer en cada puesto. Son importantes, pero son las más baratas de desarrollar. Las más valiosas —y las que más impactan la cultura— son siempre las transversales.
