Soy también atleta. Corredor, ultra maratonista, triatleta, IRONMAN, tenista, esquiador.
Y como atleta que estudia su deporte con la misma disciplina con que estudia los negocios, construí durante años un cuerpo de conocimiento sobre entrenamiento que pocos profesionales de cualquier disciplina hubieran reconocido como "solo" un hobby.
Biomecánica. Protocolos de recuperación. Periodización — cómo distribuir cargas a lo largo de semanas, meses, ciclos completos. Nutrición de rendimiento. Fisiología del ejercicio aplicada a atletas amateur que entrenan con la seriedad de los que no lo son.
El material venía de docenas de fuentes: libros de entrenadores de élite, artículos de investigación aplicada, videos de especialistas, mis propias notas de años de experimentación en primera persona sobre cómo mi cuerpo respondía a distintas variables.
Era vasto. Era específico. Era mío — no en el sentido de que lo había inventado, sino en el sentido de que lo había filtrado, probado, anotado y organizado desde mi experiencia concreta.
Y tenía el mismo problema que todo lo demás.
Valioso. Disperso. Imposible de consultar en el momento en que se necesitaba.
En medio de un entrenamiento, diseñando la semana siguiente, evaluando si una respuesta física era señal de progreso o de sobreentrenamiento — ahí era cuando necesitaba el conocimiento. Y ahí era exactamente cuando era más difícil de acceder.
Construí la compilación de entrenamiento siguiendo el mismo proceso que las otras.
Todo el material, integrado. Mis notas, mis fuentes externas, los marcos que había adoptado y los que había descartado. Un sistema que podía consultar de manera rápida y coherente.
Funcionaba mejor que el caos anterior.
Seguía siendo estático.