Mientras vivía esto como estudiante de mi profesión y de la vida, y como atleta, mi trayectoria profesional llegaba al mismo diagnóstico por una ruta completamente distinta.
Veinte años diseñando plataformas de aprendizaje, universidades virtuales y programas de capacitación corporativa me habían enseñado algo que la industria de la capacitación prefiere no decir: transferir conocimiento no es suficiente.
Las empresas que invertían fortunas en capacitación no necesariamente mejoraban su desempeño. Los profesionales que completaban cursos completos no siempre podían implementar lo que aprendían. El problema no estaba en la calidad del contenido — estaba en que el contenido estaba diseñado para ser aprendido, no para ser aplicado.
Lo que la gente necesita — en las empresas, en su vida profesional, en el deporte — no es más información sobre un tema. Necesita la fórmula exacta que los lleva al resultado, en el momento en que lo necesita, en el contexto específico donde está trabajando.
Los dos caminos — el personal y el profesional — llegaban al mismo muro.
El conocimiento acumulado, sin importar qué tan bien organizado estuviera, seguía siendo estático, pasivo y dependiente de que alguien lo operara en tiempo real.
Algo tenía que cambiar.