El día que el mundo cambió



Como cada semana, fui al Aeropuerto Internacional de Miami a tomar un vuelo que me llevaría a visitar a alguno de mis clientes. En esa oportunidad, el vuelo era a México. Desde que vivo en Miami, hace 30 años, el aeropuerto ha sido para mí prácticamente una extensión de mi lugar de trabajo. En promedio suelo hacer un centenar de viajes al año, así que lo conozco como la palma de mi mano y me muevo como pez en el agua entre sus multitudes, que en la actualidad rondan los 200 mil pasajeros al día. Mitad en broma y mitad en serio, acostumbro a decir que lo mejor que sé hacer en la vida es salir y entrar al aeropuerto en tiempo récord. Pero ese día todo era distinto.

En el área del check-in, los mostradores estaban vacíos y no había empleados. Los pasillos que se suelen llenar de pasajeros estaban desiertos y las tiendas, usualmente colmadas de viajeros presurosos, estaban cerradas. Parecía como si el aeropuerto estuviera reservado solo para mí, una escena que no había visto ni cuando un gran huracán estaba a punto de pasar por Florida. Los aeropuertos —pensé— suelen ser el termómetro de las catástrofes. Se llenan o vacían según se trate de huir de un tornado o resguardarse después de un atentado terrorista como del 9/11.


Esta vez, sin embargo, todo indicaba que se trataba de algo diferente, único. Lo más aterrador era que no sabíamos con certeza lo que era. Apenas hacía unos días la Organización Mundial de la Salud (OMS) le había puesto nombre, covid-19, sin explicarnos muy bien de dónde provenía el denominativo. Más tarde nos enteraríamos de que derivaba de las palabras “corona”, “virus” y disease (“enfermedad” en inglés), mientras que "19" representaba el año en que surgió el brote, del que se informó a la OMS el 31 de diciembre de 2019.


En cuestión de horas, esa palabreja extraña —“coronavirus”— se convirtió en la más buscada en internet, con más de 20 millones de búsquedas tan solo el 11 de marzo.1 Todos queríamos entender qué era lo que estaba pasando, qué bicho mortal se había infiltrado silencio samente en nuestras vidas y estaba acabando con ellas a un ritmo frenético. Pero no había respuestas, solo cifras desoladoras que iban mostrando un crecimiento exponencial primero de los contagiados, luego de los hospitalizados, de los internados en las UCI y, finalmente, de las víctimas mortales de este monstruo desconocido.


Los mapas infográficos que nos presentaban los medios de comunicación, cuyos periodistas estaban igual de perdidos que todos nosotros, se iban colmando de puntitos rojos que anunciaban el angustiante progreso del virus y su incontrolable capacidad de expandirse de un lugar a otro, sin freno. Primero China, luego India, Italia, Alemania, España, Estados Unidos… finalmente, el planeta entero. Y esto sin haber terminado el mes de marzo.


La evidencia de los números —que para el fin de mes ya sumaban 150 mil casos solo en los Estados Unidos— se fue volviendo abrumadora. El Dow Jones se desplomó 1.200 puntos en cuestión de días,2 una locura… Aterrorizados, empezamos a ver cómo, a medida que se extendía el contagio, las puertas del mundo se iban cerrando una a una para tratar de detenerlo. Pero navegábamos sin dirección. Nadie sabía a ciencia cierta ni la naturaleza, ni el tamaño de la amenaza, ni mucho menos cómo detenerla. Como el epidemiólogo norteamericano March Lipsitch, director del Center for Communicable Disease Dynamics del Harvard Chan School, lo definió en ese entonces: “Simplemente nos estamos subiendo a una balsa sin salvavidas. La tierra firme está aún muy lejos.3 ¡No podíamos imaginar cuánto!

Lo que en un comienzo creíamos circunscrito a China, poco a poco, se fue convirtiendo en una plaga universal de la que parecía que nadie podría salvarse. Cualquiera podía contagiarse, enfermar y morir. La globalidad —esa que tanto habíamos abrazado como remedio a varios de nuestros males— mostraba la más cruel de sus facetas. En un mundo hiperconectado, no había escapatoria posible, nadie podía sentirse a salvo.


Las desoladoras imágenes de las más icónicas calles del mundo totalmente vacías, hospitales a reventar y cadáveres apilándose por doquier, bien fuera en las calles de Guayaquil o en una carpa improvisada en un estadio en Nueva York, se apoderaron de las primeras planas de los medios e inundaron las redes sociales. Día a día, la incertidumbre se iba haciendo aún más grande y nadie parecía tener una respuesta que pudiera calmar la ansiedad universal. Algo similar a lo que probablemente debieron sentir quienes vivieron la Primera o la Segunda Guerra Mundial… un temor inconmensurable de no tener idea de lo que vendría al día siguiente, si lograrías sobrevivir o caería una bomba que te haría desaparecer en cuestión de segundos.

Si en ese entonces las circunstancias ya eran brutales, en esta ocasión la dimensión de la amenaza las hacía apabullantes. Ya no se trataba de un evento continental, como lo fueron estas guerras, sino que nos afectaba a todos y no existía búnker donde escondernos para protegernos. Nos invadió la impotencia… De un día para otro, el incesante ritmo del mundo se había detenido e ignorábamos cómo ponerlo a andar de nuevo. El terror frente a lo desconocido nos hizo sentirnos más vulnerables que nunca y nos paralizó.


Nadie podía sentirse a salvo. De Tom Hanks a la Reina Margarita de Dinamarca, pasando por Mick Jagger, Rafael Nadal, Lionel Messi, Plácido Domingo, y hasta el imbatible juez español Baltazar Garzón, cayeron víctimas de la inclemente oleada inicial del contagio. Sin distingo de nacionalidad, clase o prestigio, el covid-19 atacó sin piedad ni consideración.


Aunque todos, hasta los más poderosos y populares, éramos vulnerables, con el pasar de los días fue evidente, sin embargo, que el virus no se desarrollaría por igual en todas partes ni nos afectaría a todos de la misma manera. Ante una amenaza global única, paradójicamente prevalecieron las respuestas locales y dispersas. El desconocimiento casi total sobre la evolución del virus y cómo detenerlo llevó a cada nación, a cada región, a cada dirigente, a sacar de la manga un improvisado plan para responder a los millones de personas que, impávidas, reclamaban de sus líderes respuestas que nadie tenía. Ellos tampoco…


Frente a lo desconocido, la improvisación fue la regla, sin distingo de poderío político o económico. Países como los Estados Unidos vivieron una tragedia humanitaria sin precedentes que los llevó a encabezar la lista negra de naciones con mayor número de muertos por covid-19; el Reino Unido padeció una crisis hospitalaria que derivó en colosales huelgas del personal médico y asistencial y en Suecia —uno de los pocos países donde el gobierno no impuso confinamiento—, para el mes de abril de 2020, la tasa de mortalidad por 100 mil habitantes llegaba a 17,3, muy por encima de sus vecinos Dinamarca (6,4), Noruega (3,4) y Finlandia (2,6).4


Hoy podemos verlo con mayor claridad, pero en aquellos interminables días encerrados, todo era confuso y la cabeza no nos daba más que para intentar entender qué era lo que nos estaba pasando. En qué consistía ese “algo” que llegaba por el aire y, sin darnos cuenta, nos atrapaba y hacía que fuéramos cayendo uno tras otro, sin poder hacer prácticamente nada.