Nunca fui aficionado a las películas de ciencia ficción. Siempre las encontré distorsionadoras de una realidad que para mí nunca se asemejaría a aquellas fantasías producto de la desbordada imaginación de los diversos Stanley Kubrick que han pasado por las pantallas.
Sin embargo, en esos aciagos primeros días de marzo de 2020, la sensación que me invadía era precisamente la de ser el protagonista de uno de aquellos fantasiosos films donde la vida en el planeta se ve amenazada por una extraña fuerza difícil de descifrar e imposible de combatir. Lo que desfilaba ante mis ojos y los de millones de personas no difería mucho de lo que avezados cineastas habían visualizado durante décadas a manera de invasión extraterrestre, monstruo de varias cabezas emergido de algún misterioso lago o virus letal… un mundo que, de la noche a la mañana, se veía vaciado de sus habitantes, inmóvil y aterrorizado frente a un enemigo común, desconocido e indescifrable.
En aquel tiempo, agobiado por esa incesante sensación de incertidumbre y de haber perdido por completo el control, dediqué varias sesiones a repasar algunas películas que, para mi mente fáctica y cartesiana, eran excesivamente imaginativas e inverosímiles. Por mi pantalla desfilaron varias, como Contagio, de Steven Soderbergh, realizada una década antes y en la que, como una aterradora premonición, un virus letal se esparce por el planeta; o La llegada, de Denis Villeneuve (2016) y Día de la Independencia, de Roland Emmerich (1996), en las que naves alienígenas invaden la tierra ante la mirada estupefacta de millones de personas que permanecen como zombis ante lo desconocido.
Increíblemente, lo que estábamos viviendo en esos días resultaba ser todo eso y mucho más. Enfrentadas a una amenaza inédita y letal, millones de personas nos encontrábamos aisladas, incomunicadas y entumecidas, desbordadas por una realidad apabullante en la que nadie ni nada de lo que hasta entonces habíamos conocido parecía ser suficiente para ofrecernos una respuesta, una salida a la debacle a la que estábamos abocados.
Con el pánico instalado en la piel y la paranoia por este nuevo virus de nombre covid-19 que se transmitía por el aire, nos encapsulamos y empezamos a desconfiar de todos los que nos rodeaban. Los gobiernos decidieron por nosotros, a nivel individual y colectivo. Los confinamientos nos aislaron dentro de nuestras casas, encerrados en nuestras propias urnas de cristal, y nos impidieron movernos más allá de nuestras propias fronteras. Y, sin derecho a réplica, tuvimos que pagar las consecuencias de las decisiones erráticas de muchos de los dirigentes del planeta.