Sin saber muy bien cómo, cuándo ni por qué, esa bola con nombre de virus fue creciendo con los días y aplastándonos a todos. El 11 de marzo de 2020, la OMS finalmente catalogó lo que estábamos viviendo como “PANDEMIA”,5 así con mayúscula, lo que en pocas palabras quería decir que era una amenaza de la que nadie se iba a salvar y que se propagaba como gasolina que se enciende sin freno con un fósforo con consecuencias para todos.
En Miami, ese día el alcalde declaró el estado de emergencia y prácticamente cada ciudad del mundo hizo lo propio, con distintas interpretaciones de la urgencia, versiones de las medidas e intensidad del aislamiento recomendado. En algunas tan diversas como Melbourne, Manila y Bogotá los confinamientos fueron especialmente severos y las medidas se mantuvieron por largo tiempo.
Revivimos una palabra que había sido acuñada en otras epidemias y que ya parecía una referencia restringida exclusivamente a los libros de historia: cuarentena. Las ciudades —grandes, medianas y pequeñas— de todo el mundo comenzaron a vaciarse y millones de personas nos vimos abocadas, de la noche a la mañana, a un encierro obligatorio que nos cambió la vida y nos llevó a un escenario hasta entonces totalmente desconocido y que cada uno enfrentó como pudo.
Muchos creíamos que la crisis iba ser cuestión de días, máximo unas cuantas semanas. En nuestro caso, en Newlink, cerramos la oficina, instalamos las computadoras en nuestras casas y nos preparamos para un corto receso. A medida que iban pasando los días, sin embargo, se hizo evidente que no iba a ser así. La vida se nos encapsuló dentro de cuatro paredes. De comer, entretenernos y descansar en casa, pasamos a estudiar, trabajar, interactuar y hacerlo todo —la compra, las citas médicas, las conquistas, todo, todo— a través de las pantallas, 24/7. La tecnología se convirtió en la herramienta más preciada, en nuestro respirador artificial en medio del confinamiento y el ahogo al que nos había sometido la pandemia.
Sin proponérnoslo, todo fue cambiando, hasta el aire que respirábamos. Sin vehículos circulando y con muchas de las industrias paralizadas, se redujeron significativamente las emisiones de CO2 y de partículas contaminantes.6 Con la soledad de las calles llegaron vivencias inusitadas y hasta ese entonces impensables: un puma que recorre las calles de Santiago de Chile, una manada de jabalíes que se pasea oronda por Barcelona, un zorro que se desliza por las empinadas calles de San Francisco, pavos reales que corretean por el centro de Madrid…7
A medida que los humanos, despavoridos, nos íbamos retirando de las ciudades y encerrando en nuestras cuevas, la naturaleza iba avanzando, recuperando terreno, como si necesitara un respiro, un descanso de la mano depredadora de los hombres. Quizá, justamente por ello, el hit de Netflix en esos tiempos fue Tiger King, la historia de Joe Exotic, el excéntrico dueño de un zoológico con más de mil tigres para su disfrute, y su pelea con Carole Baskin, la promotora del santuario animal Big Cat Rescue.
Ese confinamiento obligado, esa ruptura generada por la pandemia, constituyó la mayor disrupción de la era reciente. Según la definición de la Real Academia Española, una disrupción es una “rotura o interrupción brusca”. Y eso fue justamente lo que nos sucedió, una fractura brusca de la vida, un frenazo que amenazó con rompernos en mil pedazos y hacernos otros. Así fue.
Con el paso de los días y la prohibición de salir a la calle, temerosos, aburridos, desconfiados y solos, casi sin darnos cuenta, empezamos a ser otros. Como me dijo la doctora Oriel FeldmanHall, neurocientífica norteamericana de la Universidad de Brown y una apasionada por comprender la compleja dinámica de las interacciones humanas, cuando la entrevisté en 2023, ella de paso por Londres y yo en Miami, “la pandemia ha sido uno de los acontecimientos globales más inciertos de la historia reciente”.
Cinco años después, lo estamos corroborando. El confinamiento dejó consecuencias de largo plazo, que apenas estamos empezando a entender y que tendrán sobre nuestras vidas efectos que aún no conocemos. Y fue eso justamente, el no saber a ciencia cierta qué impacto tuvieron sobre nosotros los hechos que se sucedieron en esos meses, lo que despertó en mí la curiosidad y la necesidad de profundizar sobre ellos.
Cuando apenas iniciaba esa búsqueda, me encontré un libro que me llamó muchísimo la atención: El gran pánico del covid, de Paul Frijter —profesor de Wellbeing Economics en la London School of Economics—, escrito junto con otros dos profesores de economía y publicado en septiembre de 2021.8 La palabra PÁNICO se me quedó grabada inmediatamente, pues era exactamente eso lo que habíamos sentido en esas primeras semanas de marzo. Así que busqué su contacto y después de algunos correos electrónicos aceptó hablar conmigo.
Las predicciones que hizo fueron aterradoras y desalentadoras. Predijo un futuro devastado por la pandemia y el aislamiento. Creía que nuestras generaciones más jóvenes serían las más afectadas, quedando completamente rezagadas en la educación y volviéndose adictas a las redes sociales. Aunque en ese momento su visión me pareció demasiado pesimista, me identifiqué con su percepción de lo que experimentamos todos en esa semana. “Parte de la respuesta a la pandemia fue, por así decirlo, una especie de pánico ciego de rebaño que inundó gran parte del mundo occidental muy al principio de marzo... En ese sentido, fue el primer recordatorio de que si conectas a todo el mundo, todos pueden volverse locos al mismo tiempo”, me dijo.
Fue entonces cuando quise ahondar, más allá del pánico de aquellos días iniciales que nos marcó a todos, sobre cómo transformó la pandemia nuestras vidas, con qué secuelas tendríamos que vivir y qué aprendizajes nos dejó a su paso.
Cinco años después, creo que la respuesta tiene una amplia gama de matices. Superada la crisis y con muchos de los fenómenos iniciales que parecían permanentes ya decantados, lo que quedó fue un conjunto de transformaciones significativas —la flexibilidad, la resiliencia, la innovación y la velocidad, solo por nombrar algunas de las que permearon nuestro ámbito personal, laboral, educativo y social— que, sin duda, nos transformaron.