La incertidumbre y la zozobra se fueron volviendo constantes en nuestra vida cotidiana. Las circunstancias y las medidas tomadas para afrontarlas nos obligaron a adaptarnos rápidamente, en medio de una situación de caos permanente, en donde nadie tenía una respuesta convincente sobre lo que estaba pasando. Conceptos como “resiliencia”, antes confinados a los estudios académicos, se volvieron el pan de cada día… Nos vimos capaces de resistir, de adaptarnos, de sobrellevar la tragedia de las circunstancias. La vida era otra y nosotros también teníamos que ser otros.
Ese escenario de permanente incertidumbre llevó a que los vacíos de datos fidedignos que teníamos fueran llenados por toneladas de desinformación que terminaron por profundizar el desconcierto y crear una confusión generalizada en medio de la cual no había manera de saber quién estaba más cerca de la realidad, o quien podía tener la razón, simplemente porque todos estábamos sumidos en el mismo desconocimiento.
En un universo en el cual quienes estaban más cerca de nosotros se convirtieron en nuestros mayores enemigos porque eran quienes más podían contagiarnos, todos empezamos a desconfiar de todos… Tuvimos que dejar atrás lo que habíamos cultivado hasta ese momento: conectar, acercarse, querer, amar, tocar… para aprender todo lo contrario. Cuanto menos me acerque y te vea, mejor.