Siempre hemos vivido en medio de la incertidumbre, pero hemos buscado tener alguna idea acerca de lo que viene y la tecnología nos ha ayudado mucho a conseguirlo. Nos ha dado certezas. Gracias a ella podemos anticipar, por ejemplo, a qué horas va a llover, cuándo y dónde, o la llegada de un huracán. Podemos preverlo, pero no predecirlo.
Sin embargo, lo que vivimos en 2020 fue excepcional por la escala y la velocidad con que se fueron dando los acontecimientos. La repentina sensación global de estar maniatados y ser incapaces de vislumbrar el día siguiente nos puso a todos contra la pared y dio origen a un escenario hasta ahora inédito, a un nuevo momento planetario que podríamos denominar “la era de lo desconocido”, del “unknown”.
Una era en la que todos, absolutamente todos los más de 7820 millones de habitantes del mundo1 nos enfrentamos colectivamente a una misma amenaza, misteriosa, espeluznante y cambiante, que nos paralizó, nos aisló, nos nubló los ojos y nos convirtió en seres indefensos y aterrorizados. Nos obligó a cambiar tanto la vida tal y como la habíamos vivido hasta ese momento, que nos doblegó, nos puso contra la pared, hizo tambalear nuestras nociones y certezas sobre el futuro, y nos situó en el filo de lo desconocido. La sensación a escala planetaria de haber perdido por completo el control y de que la vida de todos podía cambiar en cuestión de segundos se volvió palpable y estremecedora y nos puso en un “modo incertidumbre” constante.
Todos los momentos de profunda transformación en el mundo han sido disruptivos y han generado un gran vértigo. La diferencia es que la gran mayoría de los acontecimientos que cambiaron el devenir de la historia, tardaron años, décadas e incluso siglos, lo que nos permitió ir asimilando paulatinamente su impacto.
Trajano, ese emperador cuyas magníficas hazañas quedaron perpetuadas en la inmensa columna romana que aún pervive, no alcanzó a prever que la grandeza de ese imperio que configuró nuestro presente iba a terminar de la forma en que lo hizo. El Imperio romano, cimiento de la civilización, vio llegar su decadencia casi mil quinientos años más tarde. La Primera Revolución Industrial, que reconfiguró completamente el mundo del trabajo en el siglo XVIII, con la invención de aquellas increíbles máquinas de carbón y que dio origen a la modernidad, tardó prácticamente un siglo en ser asimilada. Las grandes invenciones que han revolucionado la forma de comunicarnos como la imprenta, la radio, la televisión, el fax, los teléfonos móviles, internet, el correo electrónico o las redes sociales generaron también grandes transformaciones que dieron lugar a significativas disrupciones en nuestra vida cotidiana. Pero hasta en el caso de las más recientes hemos tenido un tiempo para asimilar su impacto. Incluso la inteligencia artificial, que ha sido quizás la invención más rápida en ser adoptada, hemos podido ir decantándola para entender, en su descomunal magnitud, lo que es y será.
Pero con el covid-19 ese tiempo de asimilación no existió. La disrupción fue de tal magnitud que en cuestión de unos pocos días nos dejó completamente fuera de base, como le pasó al famoso entrenador de fútbol Ted Lasso, protagonista del gran éxito de Apple TV en esos meses: ¿Qué dirían si el dueño de un equipo de soccer inglés contratara a un entrenador que nunca en su vida ha jugado ni tenido que ver con ese deporte, sino que, en su lugar, dirigía un equipo de segunda categoría de fútbol americano? Que está loco, fuera de lugar, ¿no?
Pues así quedamos todos con la pandemia, desconcertados, offside, fuera de lugar. Sin haberlo imaginado, nos quedamos solos, encerrados en nuestras casas, con terror al contacto físico con el otro. Nos llenamos de un miedo que se nos volvió norma y nos vimos, de repente, entregando “por motivos de seguridad” todos nuestros datos personales y dejando que nos apartaran, nos escanearan y nos tomaran la temperatura con tenebrosas pistolitas que nos apuntaban en la sien, todo en aras de evitar ser un peligro para el otro. Un “otro” que podía ser nuestra pareja, nuestro hijo, nuestro padre, o nuestro vecino y que, de la noche a la mañana, se convirtió en un riesgo, una amenaza. Nos sumergimos en un universo incierto en el que todos nos volvimos un peligro inminente para ese otro, del que era necesario alejarse.
Y, así, nos volvimos habitantes de un planeta fantasma, casi de ciencia ficción, en donde los cuadros delirantes de las series especulativas tipo Black Mirror, escalofriantes pero asimilables mientras siguieran siendo ficción, venían constantemente a nuestra memoria y presagiaban unos escenarios de vigilancia y control bastante más invasivos de lo que cualquiera de nosotros habría imaginado, muy a lo George Orwell y las vigilancias del Big Brother en su clásico 1984.2
Aquellos días en donde todo empezó a cambiar, las cosas cotidianas parecían fotogramas de una película apocalíptica. El covid-19 parecía otro de los miedos implantados por Hollywood desde siempre. Como en Epidemia, de 1995, protagonizada por Dustin Hoffman, donde un virus en el Zaire, que se parecía al Ébola y que los guionistas llamaron Motaba, producía la muerte en 24 horas y la mejor solución que encontró el gobierno estadounidense para detener la propagación fue bombardear el pueblo de origen, con lo cual no solo no lo detuvieron, sino que regresó treinta años después a través del tráfico ilegal de animales. Todo parecido con la realidad que vivimos es pura coincidencia… pues la película fue rodada 25 años antes de que nuestro Motaba cercara el planeta. Lo escabroso es que esa realidad superó la ficción y nos puso en el borde del abismo, en un universo impredecible e incierto como nunca.