La incertidumbre como principio



En la medida en que la incertidumbre ha sido una constante, han sido innumerables los esfuerzos por tratar de entender lo que representa en los diferentes aspectos de nuestra vida. Desde la física cuántica, hace un siglo —en 1925— el físico alemán Werner Heisenberg le cambió el rumbo a las ciencias exactas con lo que se denominó el “principio de incertidumbre”, el cual marcó el final de una teoría de la ciencia basada en un modelo totalmente determinista del universo en la que se argumentaba que, conociendo el conjunto de leyes científicas que rigen el universo y su estado completo en un instante de tiempo, era posible predecir todo lo que sucediera.


Heisenberg, quien recibiría el Premio Nobel dos años después de la enunciación de su principio, demostró que no podemos determinar con precisión absoluta la posición y la velocidad de una partícula, como el protón o el electrón, porque mientras más nos acercamos a la posición de la partícula, menos podemos conocer su velocidad y viceversa. Y no es posible hacerlo porque al introducir un método para determinar la posición (por ejemplo, iluminándola con luz), se modifica la velocidad de la partícula. Es decir, el solo hecho de observar el fenómeno para medirlo hace que se modifiquen sus condiciones.


Las ciencias sociales, que también han dedicado numerosos esfuerzos a descifrar la incertidumbre, se apropiaron de este principio y lo interpretaron estableciendo que la realidad se modifica en la medida en que intentamos observarla o, dicho de otra forma, que el observador interviene y modifica las condiciones del objeto cada vez que quiere estudiarlo. Para los científicos sociales, es imposible conocer nuestra realidad social y política sin que nuestra propia intervención la condicione y direccione, porque el solo hecho de observar el fenómeno lo altera.


Tanto el principio de Heisenberg, como sus interpretaciones por parte de los investigadores sociales, dan cuenta del constante interés del hombre por descifrar las implicaciones de vivir en medio de la incertidumbre. No por nada, el filósofo prusiano Immanuel Kant acuñó la frase “se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”,3 o el sicólogo estadounidense Carl Rogers la de “me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ese es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante”.4


Lo que sucedió en 2020, sin embargo, es que lo que vivimos con la pandemia llevó esa incertidumbre a otro nivel. Nos impuso una nueva manera de vivir. Si antes el objetivo de cualquier empresario era la planeación, el nuevo escenario que tuvimos que enfrentar tan de repente desarmó cualquier plan. Eso de proyectarnos a cinco años, es más, ¡a un año!, se volvió un imposible pues las condiciones del mundo ya eran todo menos estables. Así que tuvimos que imaginarnos la vida distinta… casi como aquellos que, posiblemente porque su salud los tiene en vilo, viven un día a la vez. Tuvimos que aprender a vivir y a planear únicamente a corto plazo, sin mirar muy lejos y sin ninguna certidumbre sobre el mañana, pero a otro ritmo…