¡Velocidad, velocidad, velocidad!



La velocidad se metió en nuestras vidas desde la creación de las máquinas, después de los coches y más tarde de los aviones y cohetes que han multiplicado la velocidad de la luz. Poder hacer las cosas más rápido ha sido, sin duda, uno de los grandes motores del desarrollo de nuestra civilización. Sería impensable hoy un campo sin tractores, una industria sin máquinas… Movernos en vehículos más rápidos ha representado una gran ganancia. Nos ha permitido explorar el mundo sin las vicisitudes de los conquistadores y colonizadores y nos ha llevado hasta otros planetas.


La velocidad hoy ya no se mide solo en kilómetros por hora sino también en megabytes, en capacidad de red, 4G, 5G, 6G, a través de satélites y sofisticados aparatos que nos indican en nuestro GPS, con altísima precisión, los tiempos y distancias a los que nos encontramos de algún lugar. Somos adictos a la velocidad, que se ha vuelto imprescindible para poder responder a los requerimientos de un mundo tecnificado e hiperconectado que exige cada vez más inmediatez. Una página que se tarde cargando o un teléfono móvil que se demora demasiado en recuperar su batería nos pueden relegar a la retaguardia de la competencia.

Yo mismo me he visto en varias ocasiones presionado por esa exigencia y sintiéndome como Carlos, el protagonista de No puedo vivir sin ti, una comedia argentina estrenada en Netflix en 2024, que bien podría ser la hipérbole de la historia de muchos de nosotros que prácticamente no podemos vivir sin nuestros móviles. “Lo primero que hago cuando me despierto es mirar mi móvil… Lo último que hago antes de acostarme es mirar la pantalla de mi móvil… lo uso entre 14 y 16 horas al día… lo desbloqueo 270 veces, una cada cuatro minutos… Trabajo con mi teléfono, me distraigo con mi teléfono… es como una extensión de mi mano” , dice un atribulado y confundido Carlos, protagonista interpretado por el reconocido actor argentino Adrián Suar, en una especie de catarsis en medio de una sesión de terapia de grupo dedicada a ayudar a los adictos al celular a vivir sin él, una suerte de “Alcohólicos Anónimos del Smart Device”…


Científicos de todo el mundo han dedicado años de investigación en busca de materiales y sistemas que nos hagan más veloces. En octubre de 2023, por ejemplo, un equipo de químicos de la Universidad de Columbia, en Nueva York, reveló un nuevo semiconductor superatómico capaz de establecer un récord de velocidad en la transmisión de energía, un material llamado Re6Se8Cl2.5


Y es que esta sensación de que todo va más rápido es real. Aseguran los científicos que el 29 de junio de 2022 el planeta terminó un giro completo en 1,59 milisegundos menos que 86.400 segundos, es decir, en menos de 24 horas.6 Esto marca un precedente ya que es la vuelta más rápida que se ha registrado desde que se está monitoreando la velocidad de la tierra, hace más de 60 años.


En la vida cotidiana, la creciente velocidad con que van sucediendo las cosas desde que comenzó el encierro del covid, ha tenido un impacto funesto en las personas. Ya no toleramos una respuesta que no sea inmediata. Si por décadas el trabajo se quedaba en la oficina y la tarea que no se resolviera el viernes quedaba aplazada para el lunes, esta decisión hoy no solo podría ser causal de despido, sino que podría poner a la compañía en cuestión de minutos en el ojo del huracán por su incapacidad de reacción.


Me lo decía Martín Migoya, fundador y CEO de Globant, una empresa argentina dedicada a crear soluciones digitales innovadoras que nació en 2003 en un pequeño departamento y que, gracias a la visión y capacidad creativa de Migoya y sus socios, para 2024 contaba con cerca de 30 mil empleados en 30 países e ingresos de alrededor de 2500 millones de dólares. Cuando hablé con él para este libro, me recalcaba precisamente que uno de los desafíos más grandes de las empresas después de la pandemia es seguirle el paso a este frenetismo. “Todos tenemos que pensar ahora en cómo abrazar la tecnología a la velocidad que los consumidores requieren… en qué procesos tenemos que desarrollar para satisfacer su creciente demanda de inmediatez”.


Sin duda, la velocidad hoy es un valor. Cuanto más rápido, mejor. Se asocia a una mayor eficiencia, ligada al progreso y la modernidad. La lentitud, en cambio, es considerada inadecuada y sinónimo de cierta torpeza. Al menos esto es lo que nos han dicho, aunque vale la pena anotar que, en contraposición a ello, ha surgido una tendencia de movimientos slow, altamente apreciados por una selecta minoría…


En ese sentido, Harmut Rosa, un destacado sociólogo alemán conocido por sus influyentes teorías sobre la aceleración social y las dinámicas de la modernidad y profesor de sociología en la Universidad Friedrich-Schiller de Jena (Alemania), hace una interesante reflexión sobre la velocidad al presentar la aceleración social no como un rasgo individual de las personas, sino como una tendencia sistémica de nuestro tiempo.7 Es decir, nos aceleramos a nivel individual debido a que nuestro contexto nos impulsa a ello.


En el caso de la pandemia, fue la velocidad con la que sucedieron los hechos y con la que tuvimos que aprender a acomodarnos a los cambios que llegaron a nuestras vidas lo que convirtió el “modo incertidumbre” en un estado predominante que nos llenó de angustia y ansiedad.


A diferencia del grado de incertidumbre al que estábamos acostumbrados y habíamos aprendido a manejar, en esos meses en donde perdimos la noción del tiempo, la incertidumbre se volvió contagiosa y las conversaciones cotidianas y las frenéticas noticias sobre lo que estaba pasando, lejos de tranquilizarnos, nos llevaban a una perplejidad aún mayor. En este caso, no éramos espectadores de algo que sucedía en otras latitudes, sino que todos —sin importar el lugar del planeta en que nos encontráramos— éramos protagonistas transitando a ciegas por un túnel, a rastras, hacia un lugar desconocido. Nadie sabía cómo iba a terminar. Y, así, contra la pared por una enfermedad, tuvimos que empezar a buscar cómo sobrevivir.