Cuando miro hacia atrás y recuerdo la desolación que sentí en el aeropuerto de Miami en esos primeros días de marzo de 2020, pienso en que jamás me habría imaginado que el oficio al que le he dedicado mi vida —la comunicación— sería el pegamento que uniría esta humanidad dispersa, gobernaría el caos en el que nos encontrábamos y se convertiría en un vector de esperanza, en una herramienta poderosa y esencial en esta nueva era de lo desconocido. Porque si la pandemia nos encerró, la comunicación nos tiró un salvavidas.
En ella cifró nuestra sociedad sus posibilidades de acertar. Fue la que nos unió para atender colectivamente lo que no podía ser acción individual ni fragmentada como la salud pública; nos tradujo la perplejidad y redujo la incertidumbre al informarnos y orientarnos; desconfinó a la ciencia de los laboratorios y permitió una apropiación social del conocimiento que resultaría definitiva para superar la crisis; nos ayudó a derrotar el miedo y nos protegió de los peligros de la calle a través de las pantallas.
La comunicación nos dio poder a los ciudadanos para contar nuestras historias, para pasar de víctimas y seres anodinos a protagonistas visibles, activos, conectados y partícipes en el rumbo de nuestro propio destino y el de los otros. Además, y, sobre todo, nos hizo más sensibles y solidarios frente al dolor de los demás al permitirnos acceder a la intimidad de sus vidas, al reportarnos día a día sus angustias, al dejarnos ver cómo transcurría la cotidianidad en todos sus espacios, de los domésticos a los de la vida laboral…
Fueron las palabras intercambiadas la rama de donde nos agarramos para atravesar las arenas movedizas. La comunicación, en definitiva, nos permitió ver claro aquello que nos mantuvo vivos: que no estábamos solos. Fue, en esos momentos inciertos, donde pudimos interactuar con los otros.
Lo que no podíamos hacer de manera física, lo hicimos en la virtualidad. Ahora bien, que esto se haya salido de nuestras manos y sean las redes las que hoy nos desconectan de la vida real es un efecto colateral, pero de eso hablaremos más adelante. En su momento, durante el covid, la comunicación a través de las pantallas fue la salvación.
Y si fue la vacuna más rápida de la historia la que nos blindó, fueron las palabras las que nos permitieron nadar acompañados y, de esta forma, reducir un poco la incierta condición de casi todo. La posibilidad de, a pesar del encierro, poder comunicarnos los unos con los otros y no sucumbir ante ese tenebroso unknown revistió nuestro mundo de posibilidades, de historias que le pusieron nombre y cara a lo que nos estaba sucediendo.
Porque necesitábamos entender lo que estaba transformando al mundo. Todos fuimos testigos de ello: la pandemia se rebasó desde la comunicación desde ese día en el que se le dio nombre públicamente. Comunicándonos, la contamos y superamos.
En lo científico necesitábamos voces que nos dijeran qué estaba ocurriendo, cómo podía transmitirse el virus y cómo protegernos. Necesitábamos también conocer las historias de esos médicos e investigadores de bata que trabajaban sin cesar en los laboratorios, sin saber si era de día o de noche, consagrados a la tarea de intentar salvarnos, inventándose una vacuna. Y también las de aquellos que, para cuidarnos, se lanzaban al vacío de esa calle infectada y se exponían por nosotros. Y de cómo los chinos, los rusos, los indios y los estadounidenses y los ingleses —a veces compitiendo, a veces colaborando— transitaban en una carrera de obstáculos y batallaban por encontrar primero el remedio a nuestro mal universal.
Fue así como supimos que las potencias estaban inyectando millones en recursos en una apuesta arriesgada pero indispensable y también de los miles de personas que se entregaron a la ciencia para que probaran con ellos y así, entre placebos e inoculaciones experimentales, acelerar los resultados que todos reclamábamos. Historias, nos llenamos de historias.
Como los dioses, fuimos conscientes de que habíamos entrado en una nueva era donde teníamos la capacidad de crear nuestra propia narrativa o deshacernos de ella, reescribiéndola, en un abrir y cerrar de ojos, pulsando el ON y el OFF de nuestros aparatos, que nos permitían aparecer y desaparecer a voluntad.
Al no tener que pedirle permiso a nadie para poder circular masivamente nuestros contenidos, pasamos de ser simples espectadores a tener el poder en nuestras manos, a ser protagonistas, actores empoderados. Vimos la fuerza que podíamos tener por nosotros mismos si hacíamos llegar lo que queríamos decir a ese ciberespacio infinito en donde miles, millones, nos verían. Al no saber a ciencia cierta qué éramos ni dónde estábamos, nos inventamos lo que queríamos mostrarle al mundo de nosotros mismos.
Narrarnos, contarnos para otros y con otros, se convirtió en la forma de transcurrir. Así era posible una vida controlable, con más certezas, una vida paralela de la que éramos dueños y señores, y eso nos permitió reducir la incertidumbre. Confinados, completamente aislados del mundo tal y como lo conocíamos hasta ese momento, nos fue posible inventarnos una existencia desde la pantalla. De hecho, hasta se consolidó una generación cuyo mundo sucedió exclusivamente en ellas —con todas sus nefastas consecuencias— como lo veremos más adelante.
En este mundo de la vida como narración, pudimos recuperar parte del control que habíamos perdido y protegernos para trabajar, estudiar, crear, amar, imaginar, maldecir… A través de la pantalla fuimos capaces de modular el miedo y evitar el acecho del contagio en las calles, resguardados y libres nos inventamos una existencia muchas veces más entretenida, excitante, ingeniosa y, definitivamente, menos peligrosa e incierta.