La pandemia sacó el superhéroe que cada uno de nosotros tenía guardado en su armario. Nos dio los superpoderes que necesitábamos para reconocernos en un momento en donde ninguno sabía dónde estaba. Nos hizo blindarnos con fuerzas que pensábamos que no teníamos y que nos permitieron nadar en la oscuridad. Sin el control que creíamos tener, muchos entendimos por primera vez lo que significaba ser “resiliente”… Un concepto que había estado confinado hasta entonces a los dominios de los científicos sociales pero que, ante la adversidad, descubrimos a la fuerza. Teníamos que ser capaces de encontrar el camino para salir del túnel en el que nos encontrábamos.
La resiliencia, según la Real Academia Española, es la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Y eso fue lo que hicimos: adaptarnos. No es casual que la palabra “resiliencia”, que ahora es prácticamente parte de nuestro léxico cotidiano, fuera una de las palabras más tecleadas en los buscadores en esos tiempos en reacomodación. Todos tuvimos la necesidad de ponerle nombre a lo que nos estaba pasando.
Confieso que había oído la palabra resiliencia, pero no sabía muy bien su significado. Sin embargo, hablando con personas de países con conflictos, entendí que se usaba frecuentemente en sociedades traumatizadas. Quienes han padecido guerras o han vivido en medio de turbulencias sociales que han trastocado sus vidas y puesto fin a la tranquilidad sí saben bien lo que significa. Las víctimas están entre quienes mejor la conocen porque se la han apropiado como fórmula de supervivencia para ser capaces de volver a empezar y no vivir definidos exclusivamente desde la tragedia.
Recuerdo que me conmoví mucho cuando, en un viaje a Bogotá, pasé por “Fragmentos”, un gran monumento a las víctimas de la guerra en Colombia. Era impactante ver que fueron las mujeres agredidas sexualmente durante el conflicto las que, en un acto de reparación simbólica, martillaron las armas entregadas por el grupo guerrillero de las Farc gracias al proceso de paz que hizo ese país, y con ellas construyeron el piso de ese inmenso recinto. Estando ahí entendí lo que significa resiliencia y el valor que representa asumir el dolor y volverlo otra cosa, algo que, además, nos permite reflexionar y conmovernos a todos.
Buscando quien me ayudara a entender cómo habíamos logrado poner en marcha colectivamente ese poderoso mecanismo de supervivencia que es la resiliencia, encontré a Facundo Manes, un destacado neurólogo y neurocientífico argentino, reconocido internacionalmente por sus investigaciones sobre el cerebro y la cognición humana y quien durante la pandemia enfatizó muchísimo cómo las dificultades pueden llevarnos a reforzar valores como la empatía y el bienestar colectivo. “Después del shock y el dolor iniciales, de la sensación de pérdida, muchos superamos el impacto emocional y empezamos a tener más sentido del propósito, más aprecio por los vínculos, y el bienestar de los demás comenzó a ser más importante que el propio. Nos volvimos más conscientes de que nuestra supervivencia estaba ligada a la supervivencia de todos”, me dijo Manes, y concluyó: “las personas resilientes encuentran forma de sanar y seguir avanzando hacia los objetivos”.
Manes considera incluso que la pandemia, una vez superada, nos blindó con una energía desconocida que muchos teníamos en nuestro interior. “Descubrimos una nueva fuerza y una confianza interna que nos llevó a apreciar mucho más los vínculos y las relaciones humanas. Muchos pudimos volvernos más al truistas y compasivos, y el bienestar de los demás comenzó a ser más importante que el estatus personal”.
Además de ser uno de los neurocientíficos más reconocidos del planeta, Facundo Manes escribió varios libros. Su saga sobre el cerebro (Usar el cerebro, El cerebro argentino y El cerebro del futuro, escritos junto a Mateo Niro) se convirtió pronto en bestseller mundial. Lo mismo sucedió con Cerebros en construcción, que escribió junto a la reconocida neurosicóloga argentina María Roca.
Con la idea de que esa especie de trance colectivo que representó la pandemia nos había transformado a todos irreversiblemente, busqué también a la doctora María Roca, quien me lo corroboró sin dejar espacio alguno para dudas. “Definitivamente el mundo cambió después del covid… Todos cambiamos un poco, más allá de haber contraído o no el virus… La pandemia en sí misma, el aislamiento, nos cambiaron como sociedad y como individuos”, afirmó la investigadora en forma categórica.
Meses después me encontré con el doctor Michael Ungar, fundador y director del Centro de Investigación de Resiliencia de la Universidad de Dalhousie en Canadá, con quien sostuvimos en junio de 2024 una muy reveladora conversación sobre ese mismo tema. “Creo que lo que hizo el covid fue que, a una escala global, comenzamos a pensar en los múltiples sistemas que tenían que trabajar juntos para superar una crisis que nos afectaba a todos, y la gente comenzó a darse cuenta de que nuestra resiliencia, nuestra capacidad colectiva para afrontar la situación, estaba muy vinculada a lo que estábamos haciendo antes del covid, a nuestro sentido de cohesión, de comunidad, nuestra creencia en la ciencia, nuestra fe en las instituciones, nuestro acceso a la atención médica, nuestro trato equitativo hacia las personas”, me explicó.
Todos estos aspectos que tal vez antes se daban por sentado, o en los que simplemente no se pensaba mucho, de repente se volvieron extremadamente importantes, me aseguró el doctor Ungar, originario de Montreal (Canadá) y una de las figuras más destacadas en la investigación sobre la resiliencia. Su interés en el tema surgió a través de su trabajo social, donde observó la capacidad de resiliencia en jóvenes en situación de riesgo, lo que lo inspiró a desarrollar un enfoque integral —que abarcara aspectos familiares, sociales y ambientales— para comprender y promover la resiliencia en diversas culturas y comunidades, lo cual le ha ganado un gran reconocimiento e influencia a nivel internacional.
El ejemplo que me puso nos lo hace comprender mejor. “Si uno necesita hacer compras y está encerrado porque tiene el sistema inmunológico comprometido, o tiene covid, de repente depende desesperadamente de sus vecinos. Ante esa situación lo que sucede es que uno comienza a pensar no solo en el hecho de que está en una pandemia, sino en cómo superarla… La resiliencia tiene que ver con el crecimiento y el cambio. Se trata de una transformación”, me explicaba este destacado profesor universitario.
Y es justo por eso, porque al ver cómo nos contagiábamos y muchos se morían nos tocó asumir el cambio y, con resiliencia, adaptarnos a una nueva realidad —lo que representó la transformación colectiva más importante de nuestro tiempo—, que hoy podemos decir que somos otros. Otros más flexibles y quizás con mayor capacidad para enfrentar lo inesperado, porque es claro que otra pandemia como la vivida, o peor, es un escenario posible en los años por venir y que seremos otros para enfrentarla.
El hombre siempre buscó certezas, tener una visión por lo menos aproximada de lo que le esperaba… si va a llover, dónde y cuándo, qué va a pasar con la economía, quién va a ganar las elecciones… y la ciencia y la tecnología ha venido encontrando la manera de responder a sus incógnitas. En ese largo primer año de la pandemia, nadie tenía idea de lo que iba a pasar el siguiente día. Y así, en ese terreno del unknown, aprendimos que lo que nos podía sacar de ese lugar en el que nos arrinconó el virus chino en el que muchos nunca creyeron estaba en lo más profundo de nosotros mismos.
En palabras del doctor Ungar, de lo que se trata es de “encontrar una nueva normalidad que integre lo que uno ha experimentado, pero que le permita afrontarlo mejor”. Volver sobre nosotros mismos para encontrar las claves que nos permitan descifrar lo que hemos vivido y construir sobre ello. Es decir, convertir la crisis en una oportunidad para transformarnos y fortalecernos para ser otros… Una idea que coincide con la propuesta de la necesidad de un “reinicio” que plantearon otros pensadores.