La capacidad de adaptación del ser humano y de la naturaleza que lo rodea no es nada nuevo. Venimos haciéndolo desde hace milenios. Lo que sí resultó enteramente novedoso en la pandemia es la velocidad con la que lo hicimos. Las circunstancias extremas que vivimos pusieron en marcha, en cuestión de días, un poderoso mecanismo que nos permitió adaptarnos a esa “nueva normalidad”.
Si antes las grandes transformaciones se contaban en eras, en siglos o en décadas, lo que vivimos con la pandemia no nos dio ese compás de espera. Nos obligó a tomar medidas trascendentales y con carácter urgente en cuestión de días e incluso de horas. Nos dijo: “o asumes esto y te vacunas, o quizá nos moriremos todos”. Muchos no lo lograron, y es una tragedia, pero debemos admitir que, en su inmensa mayoría, la humanidad fue capaz de cambiar el chip y de ponerse en modo supervivencia.
Claudio Muruzabal, quien hasta el momento de la entrevista era el máximo responsable de todo el negocio internacional de la multinacional alemana SAP —experta en diseño de productos informáticos para las empresas, con un presupuesto nada más ni nada menos que de 30 mil millones de dólares—, es un hombre mesurado en lo que dice y en cómo lo dice, aunque lo que hace y las necesidades que tienen sus clientes, sobre todo en los últimos años, le deberían alterar el ritmo cardiaco.
Lo busqué porque quién mejor que él para explicar la meteórica adopción tecnológica que vivimos en estos años. Me dijo algo que me resultó clave y es que, si antes la aplicación de la tecnología se medía en años y requería un esfuerzo enorme, “hoy lo medimos en meses, e incluso algunas de ellas en semanas: diseñamos al mismo tiempo que configuramos la tecnología”. Y eso lo produjo la pandemia al forzarnos a cambiar el mindset de cómo producíamos las cosas. Uno de los ejemplos más claros —y quizás el más importante— fue la vacuna, en la que se empezó a trabajar a varios niveles al mismo tiempo, en lugar de hacerlo secuencialmente como era lo habitual.
Y fue así como, de repente, esa cotidianidad que dominábamos y ese terreno que creíamos seguro y en donde caminábamos a diario, se nos desconfiguró. Era como si hubiéramos cambiado de plano y nuestra realidad se hubiera trasladado ¿a un videojuego lleno de obstáculos? Así que nos tocó echar mano de nuestros trajes de superhéroes y ponernos en modo R, de “resiliencia”.
Con ella vendrían otras dos fuerzas que no sabíamos que teníamos pero que allí estaban, músculos que teníamos pero que no habían sido entrenados: la flexibilidad y la capacidad de adaptación, ambas claves en esta nueva configuración de todos nosotros. En ese “ser otros”.