Así como en la antigüedad —según los relatos bíblicos— Abraham, Isaac y Jacob se trasladaban de un lugar a otro buscando pastos frescos para sus rebaños y los beduinos continúan aún hoy desplazándose en los desiertos de Oriente Medio de acuerdo con las estaciones y los recursos disponibles, en el siglo XXI hemos visto surgir los llamados nómadas digitales, que han adoptado una vida en constante movimiento, no por la búsqueda de pastos sino de excitantes experiencias personales y culturales.
Y es que si de algo nos dimos cuenta con la pandemia es que podíamos cambiar nuestros hábitos y éramos seres adaptativos, mucho más allá de lo que habíamos creído. El ver tan cerca la posibilidad de morir hizo que muchos jóvenes quisieran vivir el presente y, al visualizar más el futuro inmediato, se imaginaran una vida con mayor libertad y movilidad, llena de aventuras y sin miedo a lanzarse al vacío, muy distinta a la que seguramente habrían considerado antes de la pandemia.
Esto disparó la posibilidad de proyectarse viviendo distinto y abrió el espacio para que el nomadismo y la hibridación del trabajo se convirtieran en las mejores herramientas para darle vuelo a esas nuevas formas de vida. Tras el encierro, el sueño de viajar, tener otras experiencias y no repetir la vida que tuvieron sus padres —siempre en busca de seguridades para el futuro— se volvió para muchos un imperativo. Es tanto el interés en el movimiento que, como consecuencia de las múltiples posibilidades que genera el trabajo híbrido, se está configurando un nuevo estatus migratorio: el nomadismo digital, producto no solo de la pandemia, sino también de las transformaciones que se han venido dando en la concepción de la familia y la educación.
Es el caso de Sol Calcarami, una nómada digital argentina de 31 años quien fue clave para ayudarme a entender este fenómeno creciente. Su mamá había trabajado conmigo hace algún tiempo, así que la llamé. No sabía desde qué lugar del mundo me contestaría, pues desde que se levantó la pandemia ha pasado por los Estados Unidos, México, Costa Rica, Panamá y ahora está aplicando para su residencia en Italia. Sol me contó que se graduó como arquitecta en Córdoba y que es especialista en el manejo de un software que se usa para desarrollar proyectos en su campo. Hoy trabaja para una empresa canadiense con la cual se conecta desde cualquier lugar del mundo, pues esta solo le exige que esté a tiempo en las reuniones y que tenga buena conexión a internet. Como muchos en su mismo estatus laboral, nunca se imaginó que se volvería nómada y el cambio radical surgió a raíz de la pandemia. “Al año siguiente me dije que tenía que viajar lo máximo posible e ir a la mayor cantidad de conciertos, no vaya a ser que caiga otra pandemia y me vuelvan a encerrar”, me explicaba. Su hermana, que está en el negocio de la hotelería en Dinamarca, le habló de unos hostales que reciben a nómadas por todo el mundo y les ofrecen espacios para el coworking. Así fue como empezó a armar su plan de escape y ya ha convencido a más de un amigo de seguir su ejemplo.
A diferencia de las generaciones que la antecedieron, la aspiración de Sol no es tener una propiedad, un préstamo o bienes materiales. Como todos estos nómadas digitales, es parte de una generación que quiere disfrutar del momento “gastarnos lo que ganamos para vivir, para viajar y para conocer”. Hace de cada fin de semana unas vacaciones y, para eso, busca sus destinos de acuerdo con las playas que le ofrezcan. De esta forma, conoce gente de diversos lugares del mundo e idiomas, que es lo que más le gusta de su vida actual. No se ve haciéndolo siempre, pues a veces le cansa compartir dormitorio con chicos que están de vacaciones y no de trabajo, y también le entran las ganas de regresar a “su espacio, sus cosas, su casa”. Sin embargo, por ahora, no cambiaría por nada la libertad que le ha proporcionado esta forma de vida. Sol, hoy, es otra.