De haber sido un campeonato de fútbol, seguramente se habrían ganado el balón de oro. Y con el orgulloso mérito de haber contribuido a la continuidad de la raza humana. Me refiero a los científicos que sacaron adelante esas vacunas. Cuando hablé con la doctora Alejandra Gurtman —quien lleva más de tres décadas investigando el mundo microbiológico y coordinó el desarrollo de la vacuna de Pfizer— me contó con detalle la misión que se le encomendó y que nos demostró el superpoder que adquirió la ciencia atajando esta pandemia.
“El 13 de marzo mi jefe en Pfizer me llamó y me dijo: ‘Alejandra ponte el cinturón porque vamos a desarrollar una vacuna con BioNTech para el covid’. Desde ese día de marzo hasta el 10 de noviembre de 2020, la vida nos cambió a todos”, me cuenta orgullosa y aún sorprendida varios años después. El mundo médico, apenas decodificado el virus unos meses antes, se había puesto manos a la obra para tratar de controlar algo que intuían iba a causar estragos en el mundo. Dos días después de la declaratoria de pandemia, ya todos estaban moviéndose como en una carrera de relevos. Tenían ante sí el desafío más grande de su carrera.
La médica argentina me dio un dato sorprendente: “En la vacuna con la que trabajé anteriormente, la del estafilococo, Pfizer trabajó durante 18 años, ¡18 años! para encontrar finalmente que no funcionaba. Así que con el covid todo, o casi todo, se hizo at risk, a riesgo”. Para ella, como para todos, es verdaderamente extraordinario que una vacuna que probó su eficacia reduciendo los efectos nefastos del virus en el cuerpo se haya elaborado en ¡tan solo ocho meses! ¡Ocho!
El éxito del procedimiento, que no fue sencillo, tiene que ver con la simultaneidad con la que se llevaron a cabo los procesos, así como con el reconocimiento de tecnologías que se estaban desarrollando desde hacía décadas. “Normalmente uno tiene que mandar un documento al FDA (la entidad estadounidense que aprueba oficialmente los medicamentos) y ellos, según el documento, tienen 30 días para responder y después nosotros tenemos otro tanto tiempo para volver a responder y así… Entonces al final, cuando empiezas a juntar las semanas de acá y los meses de allá, han pasado hasta seis meses. Y en este caso, muchas de esas cosas se hacían en una semana”. Esa velocidad, por supuesto, fue determinante, pues mientras trabajaban a marchas forzadas, los contagiados graves colmaban las unidades de cuidados intensivos en los hospitales y miles morían cada día.
Otra de las claves del éxito fue la voluntad de colaboración de los participantes, la confianza de cada una de las 40.000 personas de Argentina, Brasil, Estados Unidos, Alemania, Turquía y Sudáfrica, que, por el bien de la humanidad, se entregaron voluntariamente al estudio de los efectos inciertos de una vacuna en testeo. Fue una responsabilidad y un esfuerzo compartidos entre todos. “Mientras nosotros trabajábamos había otros grupos que se reunían semanalmente para poder anticipar, por ejemplo, el desarrollo de la vacuna en mujeres embarazadas. Es algo que, obviamente, no se hubiese hecho nunca de esa manera porque tienes que ser muy secuencial... Fue parte de la colaboración interna que logramos para poner todas las piezas del rompecabezas juntas. Esto cambió completamente el proceso y transformó la forma en que hacemos ciencia hoy”.
Esa transformación es un hecho y ya no habrá reversa en este campo. Aunque nos quedan muchas lecciones para enfrentar nuevas pandemias, sobre todo en la distribución equitativa de las vacunas, también quedó en evidencia la utilidad de la sinergia entre los recursos públicos y los fondos privados, y entre los laboratorios experimentales, las multinacionales, la academia y los centros de investigación, tanto de las universidades como de los países. Todo un andamiaje sin el que no habría sido posible esta tarea.