Como vimos en los capítulos anteriores, los días del covid nos pusieron contra la pared y nos hicieron sacar esa capacidad de adaptación que no nos conocíamos. Gracias a eso, aquí estamos. La tecnología nos ofreció las herramientas que necesitamos para sobrellevar esas épocas difíciles y el aislamiento nos dio el tiempo para pensar qué y cómo podíamos hacer las cosas distinto.
En ese tránsito algunos se dieron cuenta de que, frente a las nuevas circunstancias, se abría una ventana de oportunidad por la que quizás valdría la pena meterse: la de la innovación. Y así lo hicieron. Entendieron que así como habíamos tenido que cambiar nuestra forma de vida de una manera tan abrupta, digitalizando un millón de procesos que antes hacíamos de manera presencial, era allí, en el campo de la innovación, hacia donde había que encaminar los esfuerzos si queríamos coronar la meta.
Cambiar la actitud frente a la tecnología, no viéndola como una amenaza que nos dejaría sin empleo, sino como una herramienta eficaz para volver más eficientes los procesos y para explorar nuestra creatividad, se convirtió en la punta de lanza de quienes se sacudieron el miedo al cambio y decidieron enfrentar el unknown con coraje. Hoy, a cinco años de la pandemia, vemos con mayor claridad lo que esto ha significado en campos como la medicina, la educación, la banca, la comunicación y la cultura corporativa, donde quienes tomaron el toro por los cuernos y están mirando al futuro de la mano de la tecnología son quienes mejor aprovecharon esta oportunidad para convertirse en otros.