En este cambio de paradigma, la inteligencia artificial tendrá un papel muy relevante. Como me lo decía Martín Méndez de Neoris, “una productividad potenciada en 50% por cuenta de la tecnología transforma la industria” y la aceleración con la que está siendo incorporada la IA, seguramente no permitirá que aplacemos la redefinición de lo que entendemos como productividad en nuestras compañías.
Para que comprendamos mejor el alcance de lo que está sucediendo con la IA y su incidencia en la productividad, les voy a dar un ejemplo. Deep Mind, la empresa que creó a AlphaGo (y que fue absorbida por Google), logró crear un programa de IA que está revolucionando la ciencia al decodificar las proteínas en segundos, abriéndole a la medicina posibilidades más expeditas para encontrar, entre otras cosas, la cura para enfermedades graves. Si descubrir la estructura de una proteína podía tardar antes un promedio de cinco años, gracias a la veloz IA —solo en el 2022— se descubrieron 200 millones de estructuras…4 Es abrumador y fascinante.
Y todo un reto porque tendremos que aprender a vivir con la IA y sacarles provecho a esos microchips cien mil veces más rápidos que nuestro cerebro humano.
Martín, quien está precisamente en el negocio de la adaptación tecnológica de las empresas, me decía que los CEO se están metiendo cada día más y por primera vez en las conversaciones tecnológicas de sus empresas, pues allí se están generando decisiones claves para su futuro a partir de los avances de la inteligencia artificial. Nuevamente la necesidad los impulsó y los está llevando a cambiar su mindshift, su paradigma, y la forma de dirigir sus empresas. “Todo el mundo está pensando en IA”, me dijo. Y es que la tecnología nos está ofreciendo tantos caminos y posibilidades que se necesita cabeza fría para pensar y decidir qué de todo lo que está pudiéndose hacer hoy tiene más sentido… a cuál de los cientos de emprendimientos y herramientas tecnológicas nuevas que surgen cada día, le apostamos…”.
Esto que me decía Martín conecta perfectamente con lo que hablamos con Lina Zuluaga, una de las más reconocidas expertas en el tema de la tecnología aplicada a la educación, en el ameno y extenso intercambio de ideas que sostuvimos desde su oficina en la Universidad de Georgetown: “La revolución que representa la inteligencia artificial, la posibilidad de tener datos en línea para tomar decisiones aumenta la capacidad de entregar resultados, de aprender con otros… Eso sí que transforma completamente la transferencia de conocimiento y es la gran oportunidad de acelerar el cierre de brechas. Que la gente que está estudiando, la que trabaja, la que investiga, pueda compartir virtualmente escenarios y trabajar juntos, como parte integral de un sistema, generando conocimiento en colaboración unos con otros. Así es como debería ser. Existen las herramientas para hacerlo, pero falta un poco de voluntad”, enfatizaba.
Sin embargo, la oportunidad que estamos viviendo en este momento —donde los modelos educativos y de trabajo se están transformando— podría convertirse en el detonante que necesitamos para convencer a quienes tienen la batuta de los grandes cambios a inclinarse por un mundo donde surjan nuevas formas de colaboración, como lo plantearemos en el siguiente capítulo.
Para entrar en materia, voy a recurrir a la literatura, que suele permitirnos acercarnos a territorios desconocidos de una manera sorprendente.
AlphaGo no dudaba y no cuestionaba las jugadas que había hecho. Era inmune al cansancio, carecía de inseguridades y no conocía el temor. No le importaban ni el estilo ni la belleza, y no perdía tiempo ni energía en participar de los enrevesados juegos mentales con que los jugadores profesionales buscan desequilibrar a sus contrincantes. AlphaGo no pensaba en los demás, ni le importaba lo que sentían. Lo único que le importaba era ganar. Para el programa no había ninguna diferencia entre ganar de una paliza o por un solo punto… AlphaGo podía realizar algo de lo que ningún ser humano era capaz: calcular, con una precisión absoluta e infalible, exactamente cuánto territorio necesitaba para vencer, y conformarse con ello.
Esto lo escribió Benjamín Labatut en la parte final de MANIAC,5 ese relato extraordinario en el que traza un retrato memorable de Lee Se-Dol, el legendario campeón surcoreano de Go —un antiguo y complejo juego de estrategia originario de China—, que permaneció invicto durante años… hasta que fue derrotado por una inteligencia artificial. Sin embargo, antes de caer, Lee logró algo único: engañó a la máquina y la confundió tanto que ganó una partida. Un error entre millones, sí, pero suficiente para recordarnos que la mente humana aún es capaz de lo inesperado.