Si hay un escenario que nos haya llevado a transitar el camino del unknown y enfrentarnos cara a cara con lo desconocido, es el de la inteligencia artificial. Aunque el inicio del desarrollo de la IA se remonta a los años sesenta del siglo pasado, es indudable que se nos volvió un tema de conversación generalizado con el impacto del lanzamiento en noviembre de 2022 de ChatGPT que, como lo señaló The Guardian, se trata de “la aplicación de consumo de internet de más veloz crecimiento de todos los tiempos”.1 Esta revolucionaria aplicación que nos puso sobre el escritorio algunas de las virtudes más palpables de la IA, se nos impuso globalmente, como la pandemia, y con la velocidad que esta le imprimió a cuanta tecnología se estaba cocinando por ese entonces.
La abrumadora mayoría fuimos testigos atónitos y protagonistas silenciosos del fenómeno y a pesar de que llevábamos años conviviendo con ella —porque ¿qué son Siri (2011) o Alexa (2014) sino inteligencias artificiales que nos vinieron a ayudar en nuestra vida cotidiana al seguir las órdenes que les damos?— hoy es imposible no reconocer que fue ChatGPT el detonante de esta euforia por la IA y que, además, detrás de todo ello hay un ser humano con nombre propio. Se trata de Sam Altman, la cabeza visible de OpenAI, la compañía desarrolladora de ChatGPT.
El nombre de Altman está tan profundamente vinculado con ChatGPT, que un intento de la junta directiva de OpenAI por destituirlo, quizás por percibirlo como una amenaza tan grande como su invento, fue un estrepitoso fracaso. Su destitución como cabeza de la organización el viernes 17 de noviembre de 2023 no alcanzó a durar una semana. El apoyo de los empleados de la compañía fue masivo y el 90% de ellos amenazó con renunciar si él se iba. Para el 22 de ese mes, Altman había sido restituido y la junta directiva, reemplazada.2 El mensaje a la industria fue claro: hay un nuevo rey en el medio. ¿Cuánto durará su gloria? Imposible saberlo. Ni siquiera su genial ChatGPT puede preverlo, como tampoco podemos prever lo que nos deparará el asombroso desarrollo de la inteligencia artificial. ¿Se convertirá la criatura en un nuevo Frankenstein? Este sí que es el terreno del unknown.