Nuestra privacidad está expuesta cada vez que le damos ok a una cookie y nuestros datos personales, entre ellos nuestras historias clínicas, quedarán albergados en alguna de las nubes de la onda electromagnética que nos sobrevuela invisiblemente y a la cual llegará en algún momento una IA que la integre a sus bases de datos y la junte con nuestros comportamientos, decisiones de compra, consumo de entretenimiento y preferencias sexuales. Todo aquello que exponemos a diario en las redes sociales y que consideramos solamente una experiencia más se ha convertido en oro para estas inteligencias artificiales que muy seguramente llegarán a saber más de nosotros mismos que nuestra propia pareja.
Por los alcances que ya está teniendo la IA, los especialistas están clamando por un ente regulador, de carácter independiente, que fiscalice su desarrollo. Se subraya que no tenga vínculos con la industria pues esta ha invertido tanto dinero que podría no querer abogar por una salida que piense, primordialmente, en el bien común.
Esta entidad se ha sugerido llamarla International Agency for AI (IAAI), sería sin ánimo de lucro, y reuniría a un panel de expertos que monitoree y logre ponerle reglas al galopante desarrollo de esta tecnología.17 No es descabellado. De hecho, justo después de la Segunda Guerra Mundial, en 1957, ante la amenaza nuclear reinante luego de Hiroshima y Nagasaki y un polarizado clima de Cortina de Hierro, se fundó el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).18
Las discusiones que ha generado en todo el mundo el desarrollo de la IA son apasionantes. Desde evangelizadores que lo consideran como una nueva religión hasta detractores que anuncian apocalípticamente el fin de la humanidad por las máquinas. Sin embargo, la inteligencia artificial está entre nosotros y poco parece que podremos hacer al respecto. Como suele suceder con las grandes revoluciones, estas nos toman la delantera antes de tener las herramientas para atajarlas y, sin preguntarnos, nos hacen otros.