Aunque el confinamiento nos afectó a todos, sin importar origen, lugar o edad, lo cierto es que la mayoría fuimos capaces de sobrevivir el cambio que se nos impuso. Nos adaptamos a una nueva realidad, flexibilizamos las rutinas que habíamos construido, y nos volvimos resilientes, como lo hemos mencionado en capítulos anteriores.
Sin embargo, lo que caracteriza a esta generación P, de “pandemia”, es que quienes son parte de ella, principalmente niños y jóvenes —los Alfa—, vivieron una realidad incomparable a cualquier otra época pasada porque, a diferencia de lo que hemos vivido en generaciones anteriores, estos niños y adolescentes no tuvieron una inmersión en el mundo social antes del aislamiento. Me lo confirmó la doctora Roca, quien lo ha visto en su experiencia como subdirectora del Departamento de Neurosicología del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) en Argentina: “Estos jóvenes vivieron sus primeras experiencias de socialización a través de las pantallas y, obviamente, cuando tus primeras experiencias —ya sean laborales, universitarias o escolares— están teñidas por una situación particular tan determinante, eso tiene un gran impacto”. Una singularidad que, entendiéndola en todas sus dimensiones, nos permitiría quizás comprender mejor a los jóvenes de hoy.
Hablaba sobre esto también con el doctor Michael Ungar, el experto canadiense en resiliencia, y me explicaba que aquellos adolescentes que no pudieron culminar presencialmente sus estudios por el confinamiento y se graduaron por Zoom, o esos niños que empezaron la escuela a través de una pantalla y durante meses no pudieron interactuar con quienes se volverían sus amiguitos, crecieron de una manera diferente. La pandemia los hizo otros, distintos de quienes estuvimos acompañados en esos dos importantes rituales iniciáticos, en los que pudimos tener contacto los unos con los otros, compartir nuestras emociones y embriagarnos de alegría, juntos, en manada.
A esta nueva generación P, en cambio, le tocó vivir el pánico del mundo exterior sin haber tenido la oportunidad de conocerlo sin las restricciones y el estrés del confinamiento, y creció tragándose los miedos de los otros, principalmente, los de sus padres. Para empezar, a estos chicos les dijeron que eran peligrosos y que por eso no podían volver a la escuela, porque representaban una amenaza los unos para los otros. Y, peor aún, les cargaron la responsabilidad de la muerte de sus mayores con frases como “puedes contagiar a los abuelos y los puedes matar, por eso no puedes verlos”. El doctor Ungar me lo dijo con crudeza: “Salvamos a nuestros viejos de la muerte a costa de la salud mental de nuestros jóvenes, y estamos pagando el precio de esa decisión”. Así de contundente.