Aislados a la fuerza, a estos chicos la paranoia y el terror se les pegó en la piel al ver esas imágenes de hombres vestidos de pies a cabeza en trajes de plástico rociando con alcohol un virus con nombre de código, uno que mataba y al que había que derrotar a riesgo de contagio. Encerrados, tuvieron que comerse la ansiedad que se respiraba por doquier (no por nada es la condición mental más frecuente en este momento) y, atragantados con sus miedos y soledades, muchos llegaron a preguntarse si la vida realmente era eso que estaban experimentando.
Y las respuestas que les dieron no les ayudaron porque realmente nadie tenía una respuesta… Todos actuábamos a base de ensayo y error. Quienes cerraron las escuelas lo hicieron porque creían que era lo mejor para detener el contagio. Hoy, cinco años más tarde, después de ver los efectos que ese aislamiento causó en toda una generación, muchos consideran que esa no fue una buena decisión. Es fácil juzgar hoy, pero en aquel entonces, era imposible determinarlo.
La pandemia forzó a los pandemials a entrar a la vida social, a la escuela y a la adolescencia, desde una especie de twilight zone, una zona de penumbra con tintes de depresión y trauma, en la cual prácticamente todo se configuraba detrás de la pantalla. Es como si se hubiera cumplido el sueño más maquiavélico de los creadores de las redes sociales, Zuckerberg & Co, de construir un mundo en donde todos los habitantes solo pueden comunicarse entre sí mediados por una pantalla…
Persiguiendo la ilusión de la compañía y obsesionados con la aprobación de un like, esta generación individualista a la fuerza al haber sido obligada a resolver sus cosas sin la compañía de un par, paradójicamente, lo único que necesitaría es algo de calidez para reconectar. “Deberíamos darles cariño, estar repartiendo abrazos”, me dijo el doctor Ungar abriendo sus brazos desde Canadá, tratando de ilustrar cómo tenderles una mano a estos chicos.
Por cuenta del aislamiento, lo físico perdió su carácter determinante y la vida pasó a ser una realidad virtual… Lo que no sospechamos es que, cinco años después, continuara siendo así. De hecho, una gran cantidad de niños y jóvenes todavía no han podido reconectar con sus compañeros y amigos. Es como si hubieran perdido el gusto por el contacto con el otro, o no supieran ya cómo activarlo. Basta ver a dos pandemials sentados uno frente al otro para identificar que son seres a los que les cuesta verse a los ojos y que se sienten más seguros mirándose a través de las pantallas de sus móviles, chateando con códigos preestablecidos a través de emoticones que reemplazan las emociones y hablan por sí mismos.
Con un agravante adicional del que me hizo caer en cuenta la doctora Laurie Santos, la muy exitosa psicóloga, profesora de Yale y directora de The Happiness Lab Podcast, cuando nos vimos en Miami en medio de una conferencia donde hablaba sobre la felicidad, su especialidad, y en donde nos reunimos 50 ejecutivos con ella como conferencista invitada. Según el World Happiness Report, “estamos viendo que la gente joven después de la pandemia está definitivamente menos feliz de lo que solía ser en otras épocas (…) El tipo de crisis de salud mental que estamos viendo actualmente en los jóvenes podría persistir durante mucho tiempo, en las generaciones mayores, a medida que los jóvenes de hoy envejecen”.1 Y las cosas se agravan si, como me lo decía la doctora Roca, “al impacto que tuvo la pandemia en nuestra salud mental, le sumamos otros factores de riesgo como el uso no saludable de las nuevas tecnologías que surgieron”.