Globalmente conectados



Por cuenta de la tremenda incomunicación que vivimos durante esos meses de encierro que se sintieron como años, nos surgió una necesidad que venía pidiendo espacio desde hacía rato: la conexión. Al vernos atrapados entre cuatro paredes, y con la tecnología de nuestro lado, durante los días del covid buscamos encontrarnos en el único lugar en donde no había prohibiciones: la red.


Conectarnos fue nuestra manera de mantener proximidad con los otros y con la realidad. Para los pandemials, además, fue su válvula de escape frente a la incomprensión de lo que estaba ocurriéndoles. Allí empatizaron con otros que sentían la misma desazón y, conectados, lograron sumergirse en realidades paralelas que les permitieron alejarse y, de algún modo, protegerse de esa crisis planetaria que todos estábamos viviendo, densa e incomprensible. A falta de parques, plazas, salones de clase o salidas con amigos, allí lograron inventarse una forma de vivir la niñez y la adolescencia. De reír y compartir.


Por ello no debe sorprendernos que una aplicación como TikTok —la preferida por esta generación— llegara a comienzos de 2025 a los 1590 millones de usuarios,2 que el 53% de los jóvenes entre 18 y 25 años reconozca haber utilizado alguna aplicación de citas3 y que el “típico” usuario global de internet pase 6 horas y 40 minutos conectado (más de 9 horas en Brasil y Suráfrica), es decir, casi el mismo tiempo que dedicamos a dormir o trabajar.4


Parece que estamos depositando en el mundo digital todo nuestro universo —afectivo, de bienestar, de entretenimiento— y es allí donde toda una generación está aprendiendo a relacionarse bajo unos parámetros que ya existían, pero que la pandemia convirtió en moneda corriente. Sin poner el pellejo en riesgo ante la amenaza del contagio latente, la pantalla se convirtió en el ágora de muchos, en el espacio ideal para elevar las más diversas causas. De los feminismos a la lucha antirracista, la política en todas sus expresiones y el medio ambiente.


Al ver su futuro amenazado por un riesgo real y palpable, los más jóvenes se han tomado en serio como nunca la bandera de su cuidado y el de su entorno, con la claridad de que ya no se trata de lanzar alarmas por un futuro incierto de destrucción medioambiental, sino de actuar para frenar un calentamiento global que ya es imposible reversar pero que aún podemos detener. Frente al sin salida que vemos frente a nuestros ojos, es inspirador que tantos niños y adolescentes del mundo, justamente la generación P, sean ejemplo de la más impresionante educación y compromiso ambiental jamás vividos en la historia. ¿Cuáles serán las Greta Thunberg de esta generación P que lograrán sacudir al mundo y cambiar el rumbo de las cosas? Cinco años después de la pandemia, esto aún está por verse.