El covid nos tocó a todos, aunque no de la misma manera. Y en pospandemia, es evidente que las consecuencias fueron diferentes para cada persona. Para quienes, como yo, crecimos acostumbrados al contacto uno a uno, fue muy duro hacer el switch tecnológico a estar online todo el tiempo. Sin embargo, muchos —empezando por mí— nos fuimos adaptando poco a poco hasta hacerlo parte de nuestra vida diaria y aprender a distinguir lo mejor y lo peor de cada mundo.
Paradójicamente, para los llamados nativos digitales es quizás para quienes la pandemia se convirtió en un reto más difícil de sobrellevar. A pesar de ser una generación que nació cuando ya el mundo se percibía detrás de una pantalla, una cosa es hacerlo por gusto propio y otra por obligación. Sobre las consecuencias que tuvieron en miles de jóvenes el encierro, la sobrexposición a las pantallas y el traslado de actividades y momentos vitales de la vida real al mundo online se han realizado en estos años subsiguientes numerosos estudios cuyas conclusiones han resultado devastadoras.
Uno de ellos es el de la doctora Dani Dumitriu, del Morgan Stanley Children’s Hospital, en Nueva York, quien ha estado recogiendo información de desarrollo infantil desde 2017 para analizar las habilidades motoras de niños desde que nacen hasta los seis meses. Su trabajo ha sido continuo y no fue interrumpido durante la pandemia. Según la investigadora, citada en la tradicional revista de divulgación científica Scientific American (existe desde ¡1845!), en el artículo “The Pandemic Generation” de abril de 2022, los niños nacidos en pandemia obtuvieron, en promedio, peores resultados en pruebas de habilidad motora básica y fina, sin importar si sus padres se habían contagiado con el virus o no.5
Esto puede explicarse de varias maneras. Por un lado, los datos dicen que el estrés generado por la pandemia pudo influir en el embarazo afectando a los nacidos, lo cual solo se podrá comprobar en los próximos años. Pero por el otro, se cree que la interacción de padres y cuidadores durante ese periodo pudo haber sido menor o diferente —con esa ansiedad e incertidumbre, cómo no—, lo cual afectó física y mentalmente a los pequeños. Y, por último, un dato del estudio que me resultó revelador fue que, al no tener contacto social, los niños empezaron su vida con un rango de palabras muy limitado, así como con poquísimo contacto físico con otros niños, generando impactos muy concretos en sus habilidades motoras.
Quienes hemos sido padres sabemos lo importante que fue para nuestros hijos jugar con otros niños, correr, incluso caerse… Eso les desarrolló habilidades y fortalezas. ¿Pero qué pasa si, de repente, los chiquitos se quedan encerrados y deben entretenerse con ellos mismos y una tableta? Por eso, los hallazgos de la doctora Dumitriu no me sorprenden en lo más mínimo.
Para mí ha sido fascinante tratar de entender qué fue lo que nos pasó en estos años. Además, ver por qué a unos niños les ha impactado más la pandemia que a otros. Por ejemplo, leyendo artículos y viendo informes en la prensa, encontré que aquellos que en 2020 tenían entre 7 y 9 años (es decir, los que en 2025 tienen entre 12 y 14) han mostrado mayores impactos psicológicos que los más pequeños y los más grandes que ellos.6 La explicación de los especialistas es que estos niños estaban atrapados, pues eran demasiado grandes para no entender que había un mundo distinto antes del covid, y demasiado chiquitos para poder expresar con suficiente claridad que algo extraño, con lo que no se sentían cómodos, estaba pasando. Esa franja de niños, entrando en la preadolescencia, está siendo muy estudiada y atendida por estar padeciendo problemas emocionales que antes no eran tan recurrentes en estas edades.
De hecho, como lo veíamos con Lina Zuluaga, la experta en educación con quien hablamos y a quien citamos en capítulos anteriores, “esta generación tiene algunos problemas, pero no solo por la pandemia. Como nacieron en la era digital y lo digital tiene estructurada esa gratificación instantánea que son los likes en las redes, que en el cerebro enganchan tan rápido, si no tienen un momento de lectura o de alguna actividad en la que desde chiquitos estén concentrados una o dos horas, se puede afectar el desarrollo de la función ejecutiva del cerebro”.
Era lo que veíamos anteriormente con Laurie Santos y la actitud pasiva o activa con las redes sociales. Ambas están directamente relacionadas con la infelicidad o felicidad que se siente al recibir un estímulo. Algo que muchos vivimos a diario, como recibir un mensaje de WhatsApp y responderlo no de inmediato sino tiempo después, para los más pequeños es dramático, pues se imaginan que los están rechazando. El “¡me dejó en visto!” es una expresión común que encierra un alto contenido emocional de frustración.
De hecho, el propio doctor Ungar está viendo que lo que hoy los más jóvenes llaman trauma y que los está llevando a consulta con diagnósticos de depresión, muchas veces no se compadece con lo que realmente es una pérdida o un hecho traumático. Lo que pasa es que muchos de estos jóvenes no tienen herramientas para afrontar la frustración y, ante cualquier obstáculo, sienten como si el mundo se les fuera a acabar. “Y me preocupa un poco que, si todo es traumático, el mensaje que nos queda es que somos débiles y vulnerables y no tenemos capacidad para afrontarlo”, cierra.
Quizá por ello, también han salido quienes dicen que estos momentos inesperados del mundo no son nuevos y, justamente por ello, debemos mirar al pasado y entender que saldremos adelante. Es el caso de Glen H. Elder Jr., profesor de Sociología de la Universidad de North Carolina y autor del libro Children of the Great Depression,7 citado en un muy interesante informe de CNN en marzo de 2021, en donde se comparan la crisis de 1929 y la pandemia de 2020.8 El autor explica que mientras los niños mayores que vivieron la Depresión encontraron trabajos y pudieron sobrellevarlos bien por cuenta de la resiliencia adquirida, los
más pequeños se quedaron encerrados en sus casas padeciendo de manera directa la frustración de sus padres, víctimas de la crisis económica. Ello hizo que, incluso ya adultos, tuvieran ese miedo a la incertidumbre anclado en ellos. El paralelo con la pandemia es evidente.
No obstante, continua el profesor Elder, estar expuesto a un cambio social trascendental no necesariamente marca el resto de la vida “pues aquello que venga después, podría incluso jugar un papel más importante que el mismo evento inicial”, y lo ejemplificaba diciendo que muchos de esos niños de la Gran Depresión, aunque sufrieron en sus primeros años, luego fueron destacados militares durante la Guerra de Corea. “Su servicio militar fue destacable, y esto tuvo mucho que ver con el hecho de que habían lidiado con eventos muy difíciles que les hizo ver que tenían herramientas con las cuales manejar situaciones complejas”.