En medio de este panorama, una de las consecuencias más preocupantes de la pandemia son las implicaciones que produjo el encierro en la salud mental de los jóvenes. Han salido innumerables estudios al respecto, entre ellos los que ha publicado la base de datos científica ScienceDirect. Justamente, uno virtual realizado en 2020, coordinado por el doctor Jeff Temple, del Center for Violence Prevention de Texas, permitió visualizar un aumento en el deterioro emocional de muchos jóvenes a causa del aislamiento social, la soledad, el estrés, los conflictos familiares y la incierta situación económica. Los investigadores lo pudieron constatar debido a que en 2018 ya habían realizado estudios a más de tres mil jóvenes de las mismas características.13
Me sorprendió que ni siquiera las sociedades que suelen ser consideradas más privilegiadas y que vivieron un confinamiento mucho más moderado, como la suiza, se salvaron de la crisis que atravesó el mundo juvenil. En tales estudios, los psicólogos y psiquiatras de múltiples centros de investigación en el mundo señalaron que en sus niños y jóvenes, en comparación con los tiempos prepandémicos, se habían disparado la depresión, los desórdenes de ansiedad y psicosomáticos, las intervenciones, los pensamientos suicidas y los comportamientos adictivos.
Estos datos me los corroboró la doctora Oriel FeldmanHall, la neurocientífica de la prestigiosa Universidad de Brown, quien lo primero que me dijo es que, efectivamente, la percepción que tienen los terapeutas se corresponde con los datos que se están recogiendo en numerosas investigaciones científicas.
“Alrededor del 50% de nuestros sujetos investigados ahora reporta ansiedad, que puede haberse originado por las órdenes de quedarse en casa y el aislamiento, así como por esa prohibición de no poder acercarnos a las personas que nos escuchan. Al ser los humanos personas sociales, gran parte de nuestra resiliencia y de nuestra protección contra la incertidumbre o los eventos negativos que suceden en nuestro mundo provienen de vincularnos con otras personas y de contar con su apoyo. Hay realmente una necesidad de poder relacionarnos e interactuar con la gente, tocarla, hablar con ella cara a cara, más allá del Zoom.
Esto ha demostrado ser un capítulo muy difícil para muchos individuos que, tal y como lo estamos viendo ahora en el espacio de la salud mental, tiene implicaciones duraderas”, me explicaba con gran intranquilidad.
Esto que me dijo se contrapone con la idea misma de habernos refugiado en las redes para sentirnos menos solos. La doctora FeldmanHall fue muy enfática al manifestarme que estaba realmente preocupada por la socialización que se está viviendo a través de las redes sociales, particularmente entre los adolescentes. “¿Qué pasa cuando este contar con el otro no resulta tan claro?”, me sugería, y me ponía un ejemplo concreto con Snapchat, la plataforma que permite enviar mensajes multimedia que se borran al instante.
Me explicaba que dado que allí se puede ver en todo momento dónde están tus amigos, se crea una percepción de comunidad que podía llegar a ser falsa o peligrosa pues ¿qué pasa si ves que todos están, por ejemplo, en una fiesta en donde no estás invitado? “Básicamente, puedes ser excluido en tiempo real y, si se pasa mucho tiempo sintiéndose intencionalmente excluido de los eventos sociales, la soledad percibida es una amenaza real para la salud mental”. Un escenario común en estos tiempos, que puede resultar demoledor.