La cultura de la cancelación




Cuando me habló de esto, se me vino a la cabeza uno de los fenómenos que más han crecido en los últimos años: la llamada “cultura de la cancelación”. Cancelar a alguien es aislarlo, es rechazarlo públicamente, apartarlo y hacerlo además masivamente. Al cancelado se le castiga con el peso y enormidad de la escala digital. Por supuesto, esto puede generar en la víctima estrés y ansiedad, depresión y aislamiento. Y, sobre todo, producir un temor colectivo de ser víctima de ese mecanismo de anulación en algún momento.

Esto puede tener secuelas a largo plazo si le añadimos que nuestro cerebro sigue madurando casi hasta los 25 años, así que estos estímulos y miedos o ansiedades tienen un gran impacto en los más jóvenes, pues están actuando en cabezas inmaduras que no tienen todavía ni el discernimiento ni las herramientas para lidiar con un sentimiento como es la exclusión.

De hecho, para FeldmanHall lo que se está formando en el cerebro con la conexión sin freno es un estado permanente de shots de placer cargados de adrenalina y excitación, que compara con lo que la cocaína u otra droga producirían: una inyección de energía que te sube al infinito, para hacerte caer luego al infierno. “Se siente bien, y especialmente bien, si no hay nada más que pueda contrarrestar el estímulo, que es como opera la corteza prefrontal del cerebro. Este estímulo está siendo impulsado por los likes de las redes sociales o las emociones que te producen un hit de tres segundos en Instagram o TikTok … Pero esto no te ayuda a fomentar relaciones de largo plazo, más duraderas y más sólidas y que toman tiempo, en donde simplemente te sientas frente a alguien y tienes que escucharlo...”.

El experimento de estar online 24/7, sin duda, nos llevó a todos a extrañar el contacto humano. Y si a nosotros, los más grandes, nos fue difícil la falta de contacto, para los más jóvenes resultó aún más difícil. Porque si bien esta es una generación conectada, nativa digital y con una relación con las pantallas completamente distinta a la nuestra y que podríamos definir de simbiótica, el severo aislamiento social los privó de algo que nosotros ya teníamos asimilado e incorporado que es el valor de la cercanía y el contacto para establecer relaciones. Y si para las generaciones mayores los temas relacionados con la salud y las finanzas fueron los que más estrés nos produjeron en la cotidianidad, para los más jóvenes son el aislamiento social y la soledad que, acelerados por la pandemia e intensificados por la vida a través de las pantallas, los están convirtiendo en otros.