La pandemia, como lo hemos visto a lo largo del libro, nos enfrentó con una realidad cargada de preguntas y miedos a los que tuvimos que mirar de frente y, gracias a una fuerza y resiliencia que no sabíamos que teníamos, salimos adelante. Rompimos nuestros propios paradigmas y, en muchos casos, el encierro incluso nos mejoró el desempeño, pues logramos liberar con tecnología el tiempo que necesitábamos para pensar mejor, para crear con más libertad y para estar mejor con los nuestros. Ese nuevo empleo de las horas y estar contra la pared nos hizo preguntarnos por nuestro propósito y por nuestra razón de ser en el mundo. Fueron momentos muy íntimos que cada cual vivió a su manera.
Esta crisis sanitaria nos hizo buscar, en una primera instancia, las medidas de salud que nos mantendrían con vida y nos obligó a flexibilizarnos para poder resolver el día a día a través del teletrabajo y la educación online de nuestros hijos. Pero no fue solo eso. Todo lo que vivimos en aquel entonces nos llegó muy hondo, nos hizo preguntarnos el porqué de nuestras decisiones y cuestionó nuestras metas. Nos llevó a repensar nuestros pasos y, en muchos casos, nos hizo cambiar de rumbo. Y ese remezón que vivimos en el plano personal, también lo vivimos en otros terrenos. Todas las empresas y organizaciones, independientemente de su tamaño, tuvieron —tuvimos— que replantearnos nuestro propósito.
Nos vimos obligados a ser otros y a adaptarnos a la nueva realidad que se nos impuso. Frente a la calamidad pública que nos significó el covid en términos de bienestar y economía, era imposible seguir conduciendo nuestras organizaciones con los mismos objetivos con los que las concebimos. No se trataba de dejar de recibir las ganancias o las compensaciones por las que trabajamos, pero fue tan notable el empobrecimiento de tantas y tantas personas, así como el cambio de prioridades en sus decisiones de consumo, que no podíamos ser ajenos a la realidad del mundo.
Los valores comunes saltaron a un primer plano. Y tal como en nuestros hogares modificamos rutinas y establecimos nuevos acuerdos con nuestros hijos y parejas, eso mismo pasó a nivel empresarial. La pandemia se convirtió así en un momento de transformación en el cual la colaboración y la búsqueda de un propósito compartido se volvieron indispensables para sobrevivir a la mayor amenaza a la que nos enfrentamos en nuestra historia reciente.
Pedro Fernández fue nombrado vicepresidente ejecutivo de Comunicaciones Corporativas de Coca-Cola en España en mitad de la pandemia y no entró precisamente con el pie derecho. Para conocer su experiencia me recibió en la cafetería de las oficinas corporativas de la empresa en las afueras de Madrid. Empezamos hablando sobre los desafíos que tuvo que afrontar al asumir —en pleno confinamiento— tan importante cargo, con impacto en varios departamentos de una de las multinacionales más conocidas del mundo y al que tuvo que integrarse a través de una pantalla.
Me narraba que, al estar acostumbrado en todos sus trabajos anteriores a verse cara a cara con los demás y tener personalmente el primer contacto con colegas y clientes, este nuevo reto le resultó inimaginable. “Fue muy duro profesionalmente, porque cuando me incorporé a Coca-Cola, mucha gente se conocía, tenía sus conexiones establecidas. Y yo tuve que incorporarme a una organización tremendamente compleja ¡a través de Microsoft Teams!... Esa fue una gran desventaja para empezar un trabajo donde es esencial tejer relaciones humanas y generar engagement”.
Y como una cosa suele llevar a otra, el encierro y los cambios en la manera de hacer las cosas —que vivimos todos— lo hizo replantearse en muchos escenarios. “Pude reconectar mucho conmigo y con mi familia”, siguió contándome. “Me permitió también profundizar sobre el sentido del propósito y me hizo pensar mucho sobre el enorme esfuerzo que supone trabajar, dejar de trabajar o cambiar de trabajo. Me planteé preguntas como: ¿cuál es mi propósito? ¿Para qué hago todo este esfuerzo? Y buscar una respuesta para ellas me llevó a hacer una reflexión muy profunda de mi propósito, tanto personal como profesional”. Difícilmente alguien lo hubiera podido expresar mejor... Pedro describió de forma impecable lo que muchos sentimos en aquella época.
Un importante elemento adicional que se le sumó al panorama descrito por Pedro es que con la amplificación de las redes y la audiencia global conectada y ansiosa de información, las organizaciones constataron que mientras más grandes fueran, más robusto debía ser su propósito, permear toda la empresa u organización y estar implícito en la mayoría de las interacciones. “Esa hiperexposición te obliga a ser fundamentalmente honesto y genuino”, continuó diciéndome el vicepresidente ejecutivo de Coca-Cola. “Porque en ese universo virtual no hay dónde esconderse y esto hace que la honestidad cobre más relevancia que nunca. Además, cuanto más grande eres y cuanto más expuesto estás, más necesidad tienes de esa autenticidad”.
“A solo un clic de la mala reputación y con cada día más y más actores empoderados detrás de las pantallas, ya no era cuestión de decir que estabas comprometido con el planeta o con tu comunidad. Ahora había que probarlo”, me insistía Pedro, dándole una gran importancia a la búsqueda de algo más profundo que llevara a conectar en este nuevo entorno, algo indispensable aún para una de las marcas más importantes del planeta como Coca-Cola, con miles de millones de clientes en el mundo entero.