De la emoción al compromiso



En este nuevo mundo pospandémico, el engagement no es solo el objetivo de las marcas: es la base para volver a vivir con sentido. La pandemia nos llevó a ser otros, sí. Pero sobre todo, nos obligó a buscar a otros: de otra manera, con otra profundidad, con otra intención. Y en ese cambio, quizá descubrimos algo esencial: que no basta con emocionarnos, con conmover. Que es necesario comprometernos, estar.


Es así como ese engagement que antes se refería ante todo a una métrica de marketing hoy se extiende a nuestras relaciones, a nuestras causas, a los espacios que habitamos. Queremos vínculos reales, no apariencias; experiencias con propósito, no transacciones vacías. Conexiones que no desaparezcan cuando se apaga la pantalla. Que resistan el silencio. Que permanezcan incluso cuando no hay nada que ganar.


Con esto en mente, quizás valdría la pena que le diéramos de nuevo una mirada a los principios de la ciencia de la felicidad de la nos habló la doctora Laurie Santos en esa charla que nos ofreció a varios ejecutivos a comienzos del 2024. La ciencia del bienestar, tal como la expone la doctora Laurie Santos en su curso —uno de los más populares en la historia de Yale— muestra que la felicidad aumenta cuando las personas sienten que lo que hacen tiene significado y propósito.


Desde esta perspectiva, la conexión social emerge como uno de los principales predictores de bienestar. Esto se refleja claramente en los entornos laborales: los equipos que construyen relaciones sólidas y cuentan con líderes que fomentan la colaboración y la comunicación abierta, suelen tener empleados más comprometidos. A su vez, prácticas como la gratitud, la atención plena (mindfulness) y la reducción del estrés no solo mejoran el bienestar general, sino que, cuando son promovidas por las organizaciones, contribuyen a crear entornos más humanos. Los lugares de trabajo que realmente cuidan la salud mental y emocional de su gente —ofreciendo apoyo, recursos y escucha— experimentan mayores niveles de engagement y menores tasas de rotación.


La felicidad también está relacionada con el desarrollo personal y la adquisición de nuevas habilidades, factores que cuando son promovidos por las empresas ofreciendo mayores oportunidades de desarrollo y aprendizaje, repercuten sin duda en la motivación y el nivel de compromiso de los empleados, lo que genera un ciclo positivo de productividad y satisfacción. Y finalmente, la práctica de la gratitud, que mejora el bienestar tanto en lo personal como en lo profesional, a nivel empresarial tiene indudables beneficios, pues los líderes que reconocen y agradecen las contribuciones de sus empleados fomentan un entorno positivo que refuerza el engagement.


No es fortuito que más de cuatro millones y medio de estudiantes se hayan inscrito en los cursos de la doctora Santos desde que los puso en Coursera. Y es que su fórmula, sin ser mágica, funciona. “La felicidad tiene que ver, en realidad, con lo que hacemos”, nos dice la psicóloga. “Una mentalidad de gratitud, esta emoción en la que te enfocas y aprecias las cosas buenas de la vida, puede contrarrestar nuestro sesgo natural hacia la negatividad, que tiende a notar solo lo malo. Prestar atención a las cosas que te hacen sentir mejor puede ser realmente fantástico para la felicidad”.


Otro de los factores esenciales para cultivar esa felicidad de la que habla la doctora Santos y lograr también ese mayor engagement que buscamos son las conexiones sociales en tiempo real, es decir, interactuar con otros personalmente. Según sus estudios, las personas más felices tienden a ser más sociables y dedican más tiempo a relacionarse directamente con los demás. Esta interacción directa ayuda a contrarrestar los sentimientos de soledad y contribuye significativamente al bienestar general.


En sus enseñanzas, la doctora Santos subraya que, aunque la comunicación digital tiene su lugar, no puede reemplazar los beneficios que se obtienen de las interacciones cara a cara. Participar en actividades sociales en el mundo real fomenta un sentido de pertenencia y apoyo, elementos esenciales para la felicidad. “Creo que el problema es que a menudo utilizamos las redes sociales para promocionar cosas que no promueven la felicidad, no nos conectamos en la vida real o en tiempo real. ¿Con qué frecuencia ves a alguien mirando su teléfono en Instagram y sin hablar con las personas que lo rodean en la vida real? Creo que la forma en que muchos de nosotros usamos las redes sociales, a menudo de manera pasiva y frecuentemente a costa de perder oportunidades de conexión social reales, termina haciendo que seamos menos felices”, me dijo con esa fuerte convicción que la caracteriza.


Finalmente, de lo que se trata es de encontrar el balance entre aprovechar las ventajas que nos ofrece el mundo digital y mantener el contacto con la gente, interactuar con ella. Verla a la cara, oírla. Que es exactamente lo que nos dijo David Vélez, el genio detrás de Nubank, quien pese a haber construido su capital ofreciendo soluciones bancarias digitales, sigue viendo el contacto humano como esencial. “Se comienza a crear una conciencia de que estar físicamente con otros es más valioso que estar digitalmente con otros… Lo importante es nuestra comunidad, nuestra familia, nuestras relaciones personales, y también tener la conciencia más abierta, más amplia en las comunidades donde vivimos…”, me insistía en una de nuestras conversaciones. ¡Y miren quien lo dice!


Y es que esa felicidad de la que estamos hablando no es un proyecto solitario. Requiere del otro, de ese entorno que mencionaba David Vélez y también de un propósito.

Para John Coleman, de quien hablamos en el capítulo anterior y coautor también de Passion & purpose,6 el propósito es un componente fundamental de la felicidad y la realización tanto en la vida personal como profesional, pero el propósito no es algo que simplemente se descubre.


Hay que construirlo activamente a través de acciones deliberadas y cambios en la mentalidad que conlleven a alinear nuestros valores personales con nuestras tareas laborales mediante lo que él llama job crafting, es decir, modificar aspectos del rol que ejercemos para que se ajuste mejor a nuestras fortalezas e intereses personales, y construir relaciones significativas, conexiones que brinden apoyo y un sentido de pertenencia. Al adoptar estas estrategias, las personas pueden crear un sentido de propósito que contribuya a una mayor felicidad y compromiso en su vida.7


Y es que, como hemos visto, el engagement va mucho más allá de un clic, un like o un comentario. Más allá de la fidelidad a una marca o el entusiasmo por un contenido. Es en realidad una forma de vincularnos con el mundo. Es la necesidad profunda de conectar. De sentirnos parte. De saber que lo que damos —nuestro tiempo, nuestra atención, nuestra voz— encuentra eco en el otro, deja una huella.