Los dos modelos se complementan porque abordan niveles distintos del problema. Las cinco disfunciones describen las dinámicas que un equipo necesita trabajar para funcionar bien como unidad. El modelo del jugador ideal describe las virtudes individuales que facilitan encarnar esas dinámicas.
Una persona sin humildad no puede ser vulnerable y generar confianza genuina. Una persona sin hambre no se compromete con las decisiones difíciles ni exige responsabilidades a sus iguales. Una persona sin empatía crea problemas interpersonales a lo largo de todo el proceso, especialmente en el conflicto productivo y en la rendición de cuentas.
En equipos que ya trabajan el modelo de las cinco disfunciones y encuentran un techo, el modelo del jugador ideal puede ser el aditivo que desbloquea el avance: cuando los miembros mejoran su humildad, hambre y empatía individualmente, el equipo completo da un salto colectivo.