Resumen Express



Existe una creencia muy extendida en el ámbito del entrenamiento deportivo que divide el trabajo en fases de "fuerza", "potencia" y "velocidad", como si fueran capacidades separadas que se desarrollan con métodos distintos. González Badillo dedica buena parte de este libro a desmontar ese edificio conceptual y a proponer algo más sólido en su lugar.


El punto de partida es fisiológico: la tensión muscular —determinada por el número de puentes cruzados activos, el tipo de fibra, la sección transversal del músculo y la activación neuronal— es el substrato real de toda capacidad física. Correr, saltar, lanzar, pedalear o nadar son manifestaciones distintas de la misma capacidad subyacente: la fuerza. No existe el "entrenamiento de resistencia" como algo separado del "entrenamiento de fuerza"; solo existe el entrenamiento de fuerza expresado a distintas velocidades y durante distintos tiempos.


De esta premisa surge la tesis central: el único objetivo posible del entrenamiento orientado al rendimiento es mejorar la velocidad de ejecución ante la misma carga absoluta. Si un deportista mueve 100 kg a mayor velocidad que hace tres meses, su fuerza máxima aplicada aumentó. Si su fuerza máxima aumentó, su RFD también. Si su RFD aumentó, su potencia también. Estas tres mejoras son inseparables: no puede existir una sin las otras. Por tanto, no tiene sentido programar "un bloque de potencia" como objetivo distinto al de mejorar la fuerza máxima aplicada.


El siguiente problema que Badillo resuelve es de medición. Hasta ahora, el entrenamiento de fuerza se ha prescrito con porcentajes de la RM: "trabaja al 75% de tu máximo". Pero ese porcentaje es una aproximación que ignora dos realidades inconvenientes: la RM cambia de un día a otro según el estado del deportista, y si el deportista mejora durante el ciclo, las últimas sesiones se habrán realizado a una intensidad relativa real muy inferior a la programada, sin que nadie lo supiera. Resultado: no es posible aprender sistemáticamente de los resultados porque no se sabe con precisión qué estímulo real los produjo.


La velocidad de ejecución resuelve este problema. Badillo demuestra que la velocidad con la que se mueve cada porcentaje de la RM es altamente estable para una misma persona en distintos días, y muy semejante entre personas de distintos niveles. Esto significa que la velocidad es un indicador individualizado, objetivo y disponible en tiempo real de la intensidad relativa real. Si en la sentadilla un sujeto mueve la barra a 0,89 m/s, está trabajando aproximadamente al 60% de su RM —sin necesidad de haberla medido ese día.


El segundo aporte del control de velocidad está en el volumen: la pérdida de velocidad dentro de una serie —la diferencia entre la primera y la última repetición— es el indicador más preciso del grado de fatiga inducida. Cortar la serie cuando esa pérdida alcanza el 20% produce un efecto de entrenamiento diferente a cortarla al 35%, y ambos son distintos a llegar al fallo. El entrenador que mide la velocidad tiene, por primera vez, control real sobre el estrés neuromuscular que genera.


El conjunto de estas herramientas constituye el Entrenamiento de Fuerza Basado en la Velocidad (EFBV): un sistema que permite prescribir, controlar y evaluar el entrenamiento de fuerza con la misma variable, cerrando el loop de control que durante décadas estuvo abierto.